Textos Padre Kentenich

24. oct., 2017

A continación se ofrece una selección de 40 textos del Padre Kentenich, refiriéndose a distintos temas de espiritualidad: Ver listado de textos

12. oct., 2017

P. José Kentenich, 1965

 

Cristo, el Señor, ha realizado la obra de la redención de los hombres y, mediante esto, la glorificación más perfecta del Padre, a través del misterio pascual. El Señor realizó la obra de la redención mediante su sufrimiento glorioso, su resurrección de los muertos y su ascensión a los cielos. Al escuchar esto pensamos que es algo evidente, que lo sabemos hace mucho tiempo. Pero pasamos por alto que aquí no se presenta sólo el sufrimiento del Salvador como causa de nuestra redención, sino también el gran misterio de su resurrección, de su glorificación y de su ascensión a los cielos. Jesucristo nos arrancó del poder del Demonio y nos entegó al Reino del Padre mediante su sufrimiento y muerte y también mediante su resurrección.

El acontecimiento de la redención puede remitirse a una biunidad santa e indestructible. Como consecuencia de ello tenemos que en nuestra vida práctica, no sólo hay que hablar acerca del misterio de la pasión, sino también sobre el misterio de la gloria. Esto quiere decir que debemos considerar no sólo la teología, la ascética y la pedagogía de la cruz y del sufrimiento, sino también la teología, la ascética y la pedagogía de una resurrección radiante de alegría…

Si queremos detenernos aquí un momento y mirar nuestra vida, entonces creo que tendríamos que decir que todo lo que pensamos con respecto a la redención, gira casi únicamente en torno a la cruz. Allí no existe una teología de la gloria, sino que únicamente una teología de la cruz. (…) Debiéramos recordar que no sólo debo ver la cruz, el sufrimiento del Salvador, sino también su gloriosa resurrección. Ambas son modelo para nuestra propia vida. Esta resurrección es tan causa de nuestra redención, como lo es la cruz del Salvador. Por medio del bautismo somos incorporados en el Misterio Pascual total, ¡En todo el misterio!...

Debemos y podemos considerar la Pascua como la prueba de la divinidad del Salvador, como la prueba de la divinidad del cristianismo.

Cuando pensamos en la resurrección, en la transfiguración, no necesitamos pensar sólo en el final de la vida. Tenemos la tarea de descubrir nuestra participación en la vida transfigurada del Salvador de modo pleno ¿Qué significa esto en detalle? Los teólogos nos hacen notar que las propiedades del cuerpo transfigurado del Salvador después de la muerte serán también, las propiedades de nuestros cuerpos transfigurados. Nosotros podemos ver en las propiedades del cuerpo transfigurado del Salvador las propiedades que mediante el bautismo, es decir, mediante la participación en el misterio pascual, recibe nuestra alma transfigurada.

¿Cuáles son esas propiedades aplicadas a mi alma? Si miramos en la Sagrada Escritura, encontramos allí diversos textos. Allí se dice: de pronto desapareció delante de sus ojos ¿Qué significa esto? Alude a una movilidad del alma, de mi alma transfigurada; movilidad, apertura para todo lo divino. Mi alma está alerta, se interesa por la vida del Salvador, por todo lo que nos dice la Sagrada Escritura, lo que nos dice el catecismo acerca de Dios.

El no sólo desapareció delante de sus ojos, sino que también, sin que ellos lo sospecharan, se introdujo a través de puertas cerradas al lugar en el que ellos se encontraban. Aquí se alude a la extraordinaria espiritualidad del alma transfigurada ¡Espiritual! Sabemos cuán duramente nos toca el dolor. Espiritualidad, el girar constante, el girar creyente, amoroso del alma transfigurada en torno al Padre Dios. Si tengo sentido para esto, si mi alma está alerta para lo divino, si ella gira en tomo al Padre Dios, si entiende al Padre Dios, si está dispuesta a aceptar todos sus deseos, entonces allí está actuando el resplandor de la transfiguración de mi alma que ha sido sumergida en mí ¿Cómo? Por el santo bautismo, que es la participación en el misterio pascual…

Después que el Salvador murió, su cuerpo transfigurado quedó inmune a la cruz y al sufrimiento. Aplicado esto a mi alma transfigurada significa que una alegría permanente debería animar al hijo de Dios que participa de la vida transfigurada del Salvador. Esto no necesariamente tiene que ser pura risa. (…) Conocemos ya la famosa frase de San Francisco: un santo triste es un triste santo. No queremos representar imágenes de Cristo triste ni a católicos tristes.  

Y una última gran propiedad del cuerpo transfigurado del Salvador: después que murió, no muere nunca más. Aplicado a mi alma: una cierta inmunidad contra la muerte del alma, contra el pecado mortal…

El final de la vida, el sentido de la vida es la resurrección. Por el bautismo, ha sido sumergido en nosotros el Salvador transfigurado como una semilla y nuestra tarea consiste no sólo en ser participantes en su sufrimiento, sino también la participación en su vida transfigurada. Por eso se dice que ser verdaderamente religioso no significa ser pesimista, sino optimista, creer en la victoria, creer en la soberanía de Dios sobre nuestra alma, y sobre todo el mundo.

¡Qué atractivos seriamos si no anduviéramos tristes sino diciendo claramente que somos redimidos! ¡Participamos en la vida gloriosa del Salvador y no sólo en su vida sufriente! ¡Fuera, por tanto, con todo pesimismo, viva el optimismo! ¡Viva la victoriosidad! Está claro que no hay resurrección sin muerte, y en la medida en que pendamos de la cruz debemos experimentar al mismo tiempo la alegría. El se esconde detrás de mi cruz ¿Qué quiere? Quiere ser buscado. Debo ponerme en sus manos, en El y con El. Hay un esplendor de la cruz y un esplendor de la gloria…

Se trata de unir la participación en la vida sufriente del Salvador con la participación en la vida gloriosa del Salvador. Ver, conocer y reconocer lo positivo del cristianismo, lo jubiloso y alegre, pero sin olvidar nunca que todo sucede por el amor al esplendor de la cruz ¡Esplendor de la cruz en el sufrimiento de Cristo, esplendor de la cruz en mi propia vida y en mi propio sufrimiento!

12. oct., 2017

P. José Kentenich

(En «Cristo es Mi Vida»)

 

Meditemos un poco sobre como cultivar un contacto más directo con Cristo. ¿Qué debemos hacer para llegar a Jesús?

1. ¿No piensan ustedes que con el paso del tiempo todos deberíamos aspiras a ser «pequeños Zaqueos» (cf. Lc 19, 1-10). ¿Qué hizo el buen Zaqueo para ver a Jesús?  Se subió a un árbol. Se adelantó a los demás, abandonó la multitud y buscó el camino hacia las alturas. Par encontrar a Jesús hay que vencer en nosotros la tendencia de masificación, buscar la soledad y abrazarla como una gran comunión de dos.

Examinemos nuestra historia de vida y comprobaremos con facilidad cuán a menudo Dios ha permitido que nos desilusionemos de todo lo terrenal. Y lo hace para que abandonemos la multitud y trepemos al árbol buscando la altura.

Si no abrazamos la soledad, si no salimos de la multitud, si no subimos al árbol y trepamos hacia lo alto, Jesús jamás se nos revelará diciéndonos: «Conviene que hoy me quede en tu casa».

A veces el entendimiento se nos oscurece. No nos extrañemos: estos vaivenes son algo natural. Dios los permite para que nos subamos  al árbol, para que no nos quedemos en la masa.

Meditemos cuantas veces encontramos realmente a Jesús cuando se nos concedió participar en su soledad, en su profunda soledad. Quizás no haya en la Sagrada Escritura palabras mas hermosas que aquellas de Jesús ante el Sanedrín: “Jesús seguía callado” (Mt. 26,63).

El Señor fue un gran solitario ¡Qué poco lo entendían!  Por su parte, los discípulos parecían no entenderlo en absoluto. A pesar de todas las palabras que dijera y de los milagros obrados, ellos no lo comprendían. A lo sumo una chispa momentánea de comprensión que pronto se extinguía.

Incomprensión absoluta… Es lógico que quienes comparten una experiencia semejante se unan… El Señor quiere atraernos hacia sí y para ello permite que nos desilusionemos, invitándonos a abandonar la masa por nuestra propia decisión o bien movidos por  las circunstancias que no nos dejaron alternativa.

 

2. Ser pequeño y humilde es un segundo camino, y particularmente hermoso, para cultivar un contacto más directo con Cristo. «Vengan a mi todos los que estén fatigados y sobrecargados, y yo les daré descanso» (Mt. 11, 28) … ¿Se dan cuenta de lo que esto significa? … Si queremos comprender al Señor, tenemos que hacernos pequeños tal cómo Él se hizo pequeño. “Se despojó de si mismo”. Se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz.

En resumen, si queremos comprender a Cristo, no sólo tenemos que abandonar la masa y ascender, sino -aunque suponga una aparente contradicción- descender, ser pequeños, sintámonos pequeños y aprendamos a experimentarnos frente a El pequeños y desvalidos.

 

3. Reconocer nuestra debilidad. Tan pronto comenzamos a hacernos “grandes”, nuestra “pequeñez” va desapareciendo y Dios se retira o, mejor dicho, ya no nos sentimos necesitados de redención ni de redentor. Esto último es muy significativo; porque sentirse necesitado de un redentor nos lleva al cultivo de una religiosidad verdadera y auténtica; nos impulsa hacia Cristo.

Cuando hayamos avanzado en edad, notaremos que no podemos redimirnos a nosotros mismos. Advertiremos además que lo que realmente podemos hacer es lo que nos enseña  Santa Teresita del Niño Jesús: extender los brazos y confiar en que Dios nos salvará.  La redención sólo es posible por la gracia. El medio más grande para llegar directamente a Jesús es ser pequeños, sentirnos desvalidos y necesitados de redención y de un Redentor.

La conciencia de la propia pequeñez nos preservará de caer en el mero cumplimiento, en la pretensión de ser siempre y a toda costa, “perfecto”. Porque esto acabará llevándonos, el día de mañana, a la irreligiosidad más errada: la de intentar redimirnos a nosotros mismos, de creer que podemos hacerlo todo.

No en vano Dios permite que experimentemos nuestras miserias. Su intención es que percibamos claramente nuestro desvalimiento y solo de El esperemos redención. Si nos preservase de los problemas mayores, de fuertes pasiones, correríamos el peligro de no sentir ya necesidad de redentor. Y terminaríamos pensando que sólo con nuestros propósitos podremos alcanzar estas metas, ignorando cuan frágil es nuestra naturaleza humana. Y así se irá extinguiendo la religiosidad, se ira perdiendo la infancia espiritual…

 

4. Todos algunas vez escuchamos el nombre de filósofo y poeta Rabindranat Tagore. Este pensador indio viajó mucho por Europa y luego escribió las memorias de esos años. Entre las parábolas que nos relata, hay una muy sencilla y hermosa. Había una vez un pordiosero que, como fruto de su mendicidad, había logrado reunir un saco de trigo. Un día le sale Jesús al encuentro, le dice que tiene hambre y le pide un granito de trigo. El mendigo no advierte la real identidad de su interlocutor. Abre entonces la bolsa que lleva consigo, mira su contenido con ojos codiciosos, toma cuidadosamente un grano de trigo ¡ni uno más!, se lo da al hambriento y sigue su camino. Luego de cierto tiempo, sintió deseos de volver a contemplar al interior de aquel saco ¿Y que halló adentro? Una pepita de oro. Se imaginan lo que pensó entonces nuestro mendigo «¡Dios mío! ¡Qué vuelva aquel caminante! ¡Le daré todo el trigo que llevo conmigo!»

¿Qué nos dice esta parábola? Su significado está al alcance de la mano: hay que aspirar seriamente a un perfecto abandono en Dios, a una perfecta entrega a Dios. Si queremos encontrar realmente a Jesús, entonces -como en todo amor- hay que olvidarse de sí mismo y entregarse por entero. Esto no se puede eludir. Si no luchamos por una entrega total y un desasimiento total, el Señor no podrá ingresar en nuestro interior, porque allí el lugar estará ya ocupado.

        

12. oct., 2017

P. José Kentenich

(Adaptación Conferencia «Mi vida una historia de amor», 1952)

 

¿Para qué me creó Dios? Me creó porque quiere amarme. “Dios busca seres que amen lo que El ama y como El ama, para amarlos”.  Sí, El me quiere personalmente, me ama y quiere atraerme hacia su corazón. Podemos imaginarnos a Dios, a la Santísima Trinidad como un gran mar de amor.  Ese mar de amor se desborda en el Hombre-Dios, Jesucristo, inunda e invade la humanidad y a través de los hombres fluye a toda la creación. Hasta podríamos imaginarnos que a Dios le hubiese faltado algo en su felicidad, y que por eso me creó para poder amarme, para poder derramar en mí su amor infinito. 

El quiere amarme, no porque le signifique algún provecho sino porque quiere hacerme a mí, infinitamente feliz.  El se preocupa de que mi corazón le pertenezca y cuida de ello por medio de incontables muestras de amor en mi vida.  Si somos capaces de comprender esto y lo aceptamos convencidos, entonces nos haremos santas de la noche a la mañana.  Los santos comenzaron a ser santos en el momento en que creyeron que Dios los amaba personalmente.

Si realmente creyera: Dios me ama, entonces también yo lo amaría ilimitadamente.  ¡Soy la creación y la ocupación predilecta del Padre Celestial, del Salvador, de la querida Madre de Dios!  Entonces, también yo haré de Dios mi ocupación predilecta, el objeto de mi amor.  En la vida práctica es también así: allí donde siento que me tratan con benevolencia, que se preocupan por mí desinteresadamente, donde me encuentro con un amor verdadero, allí, naturalmente, se despierta mi amor.

¿Quién nos ayuda a descubrir que en el fondo de nuestra alma existe un gran anhelo de amor, que la capacidad de amar es la fuerza más poderosa, lo más importante de nuestro corazón?  La Madre de Dios.

¿Cómo es su corazón? Ella con su corazón amante y maternal quiere dar una respuesta a nuestra ansia de amor.  Ella quiere sellar con nosotras una Alianza de Amor, y quiere sellarla en forma original.  Ella quiere sellar con nosotras una Alianza de Amor como Madre y Reina Tres Veces Admirable de Schoenstatt.

La Madre de Dios eligió a Schoenstatt para dirigir desde aquí un movimiento de educación y renovación para el mundo entero.  Ella quiere vincularnos a Ella y a Dios, por medio de una Alianza de Amor. Ella quiere hacernos portadores y anunciadores de este Movimiento de Renovación Mundial.  Nuestra consagración a la Madre y Reina Tres Veces Admirable de Schoenstatt implica sellar esa Alianza de Amor.  Dos personas al sellar una Alianza, hacen un contrato en el que prometen entregarse algo.  Si hablamos de la Alianza de Amor, entonces significa: los dos aliados se regalan mutuamente su amor, su corazón, preocupándose el uno por el otro.

La Madre de Dios quiere sellar desde el Santuario de Schoenstatt una Alianza de Amor con nosotros a través de la cual Ella quiere regalarme su amor, la plenitud de un amor rico y poderoso, y espera que yo le regale mi amor filial y la disposición de entregarme a sus intereses.

¡Ella quiere hacerlo desde el Santuario! Desde ahí promete educarme con amor maternal y atraer hacia sí mi corazón para que también mi corazón encuentre un hogar puro en el corazón de una persona noble.  Esta persona puede ser mi novio, o mi papá o mi mamá, pero solamente para que aún más, encuentre hogar en el corazón de Dios.  ¿No es algo verdaderamente grande lo que la querida Madre de Dios nos ofrece desde nuestro Santuario? 

Desde el Santuario, la Mater quiere preocuparse por mi corazón, ciertamente también por mi cuerpo, pero lo original en Schoenstatt es que la Madre de Dios se preocupa sobre todo por el corazón de las personas; lo original es que desde nuestro Santuario quiere enseñarnos a amar ofreciéndonos aquí una escuela de amor.

Ella conquista mi corazón porque recibió de Dios la misión de educarme, de "robarme" el corazón.  "He ahí a tu Madre"; así le dijo el Salvador agonizante a San Juan y en él a todos nosotros.  "He ahí a tu hijo" así le dijo a María y con estas palabras nos confió a todos nosotros, sus miembros, a su Madre.  Por eso la Madre de Dios se esfuerza en conquistar mi corazón, por eso quiere aceptarlo y educarlo.

Nuestra consagración es una Alianza de Amor, un intercambio de corazones entre la Madre de Dios y nosotros.  Le regalamos nuestro corazón pobre, inestable, la mayoría de las veces un corazón vacío de amor y Ella, en cambio, nos dona su corazón maternal y modela el nuestro según su corazón.  Si de este modo estamos vinculados a la querida Madre de Dios, si por la consagración hemos sellado con Ella una Alianza de Amor, entonces, Ella nos enseña a comprender y a recorrer los caminos del amor del Padre Dios.

Dios hizo descender a la Madre de Dios como un lazo para que por medio de Ella lleguemos de un modo más rápido y seguro a su corazón.  La última meta de mi vida es y seguirá siendo Dios.  ¡Mi Dios y mi todo! Y hasta que no haya encontrado a Dios, hasta que no pueda descansar en su amor, mi corazón permanecerá intranquilo e insatisfecho, aún cuando tenga todas las cosas materiales necesarias.

12. oct., 2017

P. José Kentenich

(1937 en «Niños ante Dios» Adaptación Conf. 1)

 

Hoy nos hallamos en los umbrales del futuro; y tal como en el próximo tiempo se formen los frentes, así permanecerán probablemente por los siglos venideros. ¡Qué enorme, qué gran responsabilidad tiene que despertarse en nosotros! Ya no deberíamos llevar una vida acomodada en una época y sociedad acomodada, sino tomar en nuestras manos esa responsabilidad que nos compromete: “Nuestra acción de hoy y de mañana, nuestro compromiso heroico con un heroico movimiento de vida católico ejercerá una influencia importante sobre el destino de este tiempo y del mundo por los siglos venideros”. Lo que hacemos aquí, lo hacemos indirectamente por el mundo entero.

Aprovechemos esta ocasión para formarnos y modelarnos más que nunca como jefes heroicos de un heroico movimiento de vida católico. Con heroísmo y mediante nuestro ser y nuestro obrar, aprendamos a glorificar a Dios, al Eterno, al Infinito, al tan perseguido en la actualidad.

Recuerdo dos preguntas que en su momento le fueron dirigidas a San Bernardo de Claraval. Una fue planteada por su hermano menor cuando Bernardo quería ingresar al monasterio junto a otros tres hermanos y un tío: “Bernardo” -insistía el más chico- “¿A dónde vas?” Bernardo le dijo que tanto él como sus acompañantes querían dejarle la parte que les correspondía de la rica herencia paterna e ingresar al monasterio para servir por entero a Dios y ganar el cielo. El hermano menor se dio cuenta enseguida que para él aquello era un mal negocio y les dijo que no estaba de acuerdo con el trato, que no quería las sobras de este mundo sino buscar a Dios y servirlo.

Cuando nosotros decidimos pertenecer a Schoenstatt también hicimos una declaración de este tipo, directa o indirecta, implícita o explícitamente. ¿Adónde vas...? ¿Adónde fuimos? Queríamos buscar nuestro propio camino para glorificar a Dios, para servirlo, para entregarle todas nuestras fuerzas sirviendo a los demás.

La segunda pregunta que Bernardo solía dirigirse a sí mismo era: “Bernardo, ¿a qué has venido?”  ¿Acaso no sigue siendo actual esta pregunta? Podemos imaginarnos los ecos que despertaba esta pregunta en él: Era como una señal luminosa del faro de la eternidad, como un son de trompeta que aventaba toda mediocridad y negligencia del alma. Como hombre religioso que era, Bernardo experimentó que hay horas en las que nos sentimos paralizados y experimentamos el elemento animal que hay en nosotros con mayor intensidad. En esos momentos San Bernardo solía decirse: ¿Por qué has venido? ¿Quieres pasarlo bien? ¿Quieres una vida cómoda? ¿Has venido para rehuir las fatigas del mundo? ¡Bernardo! ¿A qué has venido?”  Creo que nosotros deberíamos plantearnos a menudo esta pregunta: ¿A qué vinimos? ¿Para qué entregamos nuestras fuerzas en la Juventud de Schoenstatt?  Hemos venido para aprender a glorificar a Dios, al Eterno, al Infinito, al hoy tan perseguido por el neopaganismo. Y a hacerlo con heroísmo y mediante nuestro ser y actuar.

No sé cuál de estos pensamientos destacar. ¿Hace falta decirles nuevamente por qué esforzarse hoy en glorificar a Dios con heroísmo? Les planteo un sólo pensamiento: Quien conozca el tiempo actual, sabe que en nuestros días toda mediocridad ya no sirve de nada, es un equipaje inútil que hay que arrojar por la borda. Quien haya captado cuáles son las corrientes ideológicas de este tiempo, se habrá dado cuenta que se está gestando una lucha gigantesca. Digámoslo sin rodeos: A través de sus secuaces, el demonio está realizando enormes esfuerzos para alcanzar su meta. En todas partes donde se mire se está exigiendo heroísmo. De ahí la urgencia de desechar toda medianía... ¡O todo o nada! ¿No creen que esto debería valer especialmente para una comunidad joven, con tantas y extraordinarias fuerzas juveniles?

Hoy quisiera cincelar con trazos más hondos la palabra “Dios” en nuestra alma: Dios el Eterno, el Infinito, a quien el neopaganismo quiere destronar. Tratemos de glorificar a través de nuestro ser y actuar a ese Dios a quien hoy tanto se persigue y blasfema. Pronunciemos la palabra “Dios” con mayor serenidad, con una actitud meditativa, íntima y equilibrada. Este es el Dios a quien debemos nuestro ser, El que mantiene continuamente nuestras fuerzas y quien en su conducción divina nos sostuvo en todo momento. Sí, esta noche meditemos cómo Dios ha sido sustento y cobijamiento de nuestra vida hasta ahora y cómo la quiere conducir en todo momento hacia las alturas.

De manera espontánea nos viene a la mente aquel pasaje del Antiguo Testamento:

“Escuchad pueblos, atended islas lejanas, el Dios que me llamó desde la juventud me dice: ‘ Mío eres tú, mío debes ser! ¡Quiero glorificarme a través de ti, quiero glorificar mi nombre en ti!” (Is 49, 1 y 43, 1-7).