4. oct., 2017

AMOR A DIOS Y AMOR AL PRÓJIMO

P. José Kentenich

(Milwaukee, 1963 en «Cómo Hablar con Dios»)

 

Jesús dijo a  algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: " Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera. ¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias. En cambio el publicano manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador! Os digo que éste bajó a su casa justificando y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humilde, será ensalzado" (Lc. 18, 9 – 14).

Queridos fieles, vivimos en una época extraordinaria, rica en acontecimientos, tanto a nivel mundial como en nuestra pequeña historia personal. Puede ser que en nuestra vida privada sucedan cosas decisivas cada año, cada mes. Pero, ¿qué debería ser lo decisivo, visto a la luz de la fe? Pienso que debiera ser nuestra posición ante Cristo. Esta es la cuestión fundamental: ¿En qué medida podemos repetir con San Pablo la frase: " Ya no vivo  yo sino que es Cristo quien vive en mí "? (Gal 2,20).

Se trata de la pregunta más importante en nuestra vida, pues de su respuesta depende nuestra suerte en la eternidad: eterna beatitud o eterna condenación.

Por más que esto sea verdad y que estemos dispuestos a responder teóricamente con un sí de todo corazón, de hecho todos debemos reconocer que en la vida diaria pensamos distinto. Cada uno de nosotros está inmerso en una lucha existencial que continuamente nos obliga a tener la mirada fija en el suelo, y a ocuparnos, en forma tan intensa, de las cosas terrenas y de los problemas económicos que luego nos resulta difícil dirigir la mirada hacia lo alto.

Gracias  a Dios podemos decir que, por lo menos, aprovechamos el domingo y la misa dominical para responder  a esa pregunta. Y lo hacemos muy correctamente, pues cada domingo nos dejamos explicar por el Señor en qué medida nos ha resultado permitirle prolongar, en nuestro quehacer diario, el misterio central de la vida cristiana: el amor a Dios y al prójimo.

Sólo basta recordar lo que escuchamos cada domingo para apreciar la amplitud del mensaje que el Señor nos da en el Evangelio. El nos ha revelado cuán profunda e íntimamente unidos están el amor a Dios y el amor al prójimo. Nos lo ha enseñado con su propio ejemplo e incluso ha descendido a detalles de nuestra vida cotidiana para que también nosotros lo sepamos y pongamos en práctica. Ambos amores están unidos. Así el amor a Dios constantemente se manifiesta en el amor concreto al prójimo; y el amor el prójimo es la expresión adecuada del amor a Dios.

Pero, hoy día, el Señor quiere acentuar otra cosa por lo que aborda otro tema, que es de gran interés e importancia para todos nosotros. Hoy quiere mostrarnos en qué consiste la vida de oración del cristianismo que se encuentra bajo el influjo de la ley fundamental de la vida cristiana: el amor a Dios y al prójimo.

Después de escuchar el Evangelio de hoy, surgen espontáneamente dos preguntas, que ya nos formulábamos desde que éramos niños. La primera pregunta se refiere al motivo: ¿por qué trata el Señor el tema de la vida de oración justamente en el contexto del amor a Dios y al prójimo? La segunda pregunta es: ¿cómo lo hace?

Buscamos una respuesta para ambas preguntas. Dado que ellas abarcan tanto que podríamos aplicar ahora la ley de la " distribución del trabajo". Así, me limitaré a responder la primera pregunta y dejo a ustedes la tarea de que respondan la segunda, basándose en el Evangelio. Si comprendemos la respuesta a la primera pregunta, no resultará difícil que cada uno, basándose en el Evangelio, responda, con  más exactitud, la segunda pregunta.

La pregunta que a mí me toca responder es ésta: ¿por qué habla el Señor, en el Evangelio, sobre la vida de oración del cristiano en relación con la ley fundamental del amor a Dios y al prójimo? La respuesta es muy simple. Formulándola en general diríamos lo siguiente: una de las funciones esenciales, tal vez la más esencial, del amor a Dios y al prójimo, es la oración, la vida de oración. Expresándolo en otra forma, podríamos tal vez decir por analogía que lo más propio, lo más sano e irreemplazable, que anima el amor a Dios y al prójimo, es la oración: una oración sincera y bien hecha.

Más exactamente - para descender a cosas más concretas - deberíamos decir lo siguiente: en primer lugar, que la oración es el espejo más nítido para medir el estado de nuestro amor a Dios y al prójimo. Y, en segundo lugar, que la vida de oración es también un alimento extraordinariamente valioso para nuestro amor a Dios y al prójimo.