4. oct., 2017

CONVERSACIÓN PERSONAL CON DIOS

P. José Kentenich

(Milwaukee, 1963 en «Cómo Hablar con Dios»)

 

¿En qué medida puedo decir realmente que la vida de oración, es decir, mi vida de oración personal, es la norma más fiable, el espejo más nítido donde se refleja mi amor a Dios  y al prójimo?

Si el amor a Dios y al prójimo son tan importantes para nosotros, como lo hemos venido escuchando en las lecturas evangélicas, entonces, por cierto, nos gustaría ver reflejados como en un espejo nuestro propio amor a Dios y al prójimo. Afirmamos que el espejo más nítido y el barómetro no es una determinada acción o un comportamiento externo, sino que es la práctica de nuestra vida de oración.

¿Tendré que demostrarlo? La forma más rápida de lograr ese objetivo es recordar las definiciones y explicaciones más comunes sobre la oración. No quiero dar una definición académica; sino sólo repetir y recordar lo que, seguramente, ya aprendimos de pequeños.

¿A qué llamamos rezar? ¿Qué es la oración? La respuesta más común y más comprensible es ésta: la oración es una conversación personal con Dios. Conocemos esta definición, pero, ¿captamos la plenitud de valores que encierran estas palabras?

Se trata de una conversación personal y no impersonal.

¿Cuando decimos que una conversación con Dios es impersonal? Cuando nuestras palabras no encuentran eco en nuestro interior; cuando simplemente  repetimos, sin poner ningún interés  personal, lo que otros  - por ejemplo los santos o la Iglesia - han dicho. Resulta entonces que nuestra oración, en definitiva, no es más que una palabrería hueca. "Este pueblo  me honra con los labios pero, su corazón está lejos, muy lejos de mí" (Mt 15,8; Is 29,13).

A menudo debemos reconocer, si somos sinceros, que los momentos de oración y de celebraciones se convierten  en una recitación monótona; repetimos mecánicamente lo que otros han dicho, sin que exista una emoción interior y sin que pongamos en ello nuestra alma.

Por lo tanto, orar en forma personal debe ser la expresión de interés profundamente personal, que brota desde nuestro interior. Entones conversamos con el Padre Dios lo que realmente nos interesa, en forma extraordinariamente simple y natural. Conversamos en Él como lo haríamos con una persona muy querida, lo cual presupone, por cierto, que Dios realmente es para nosotros un interlocutor personal.

Es obvio que nuestros intereses cambian a lo largo de nuestra vida. Puede ser, por ejemplo, que me preocupen mi mujer mis hijos; que me preocupe la patria, la política... ¡Cuán variado pueden ser el abanico de mis preocupaciones! ¿Cómo debe ser entonces la oración? Si es una oración personal, todas las inquietudes fluirán en la conversación con Dios.

Pueden haber muchos otros intereses que nos preocupan, interés que se refieren a uno mismo, a asuntos económicos, a cosas religiosas, a la elección de carrera; o me interesa saber si aquel joven  o aquella joven me conviene o si está en el plan de Dios que me case o que elija la vida virginal. Puedo tener una variada gama de intereses. Finalmente, puedo también interesarme en Dios mismo.

Según la edad cambian los ámbitos de intereses, pero todos, de uno u otro modo, encuentran eco en mi relación personal con Dios. Por lo tanto, nuestra conversación con Dios debe ser personal.

Con cuanta frecuencia decíamos antes que a Dios le gusta que le hablemos en nuestro propio idioma. Este no necesita ser un lenguaje docto. El entiende todos los idiomas, todos los dialectos. Por eso, y lo repito en forma más clara aún, tengo que conversar con Dios así, tal como las palabras espontáneamente me salen de los labios. ¿Cómo? Por ejemplo, me brotan en inglés, en alemán... Así hablo yo, como me salen espontáneamente.

O, más profundamente, hablo tal como me brota del corazón.

¡Qué variada puede ser la oración! - si es que todavía hoy se da una oración así - la oración verdadera, esa que se eleva hasta el trono de Dios.

Si soy papá o mamá, podré recordar la felicidad que se siente cuando mi hijo comienza a balbucear y, especialmente, cuando balbucea    " papá… mamá ". ¡Qué inmensa felicidad nos embargó entonces! ¿No podríamos aplicar esto mismo al Dios lleno de bondad? Cuando un niño, en su inocencia, comienza a conversar con Dios a través de esos sonidos que brotan de su corazón, ¡con qué satisfacción escucho, como adulto o como papá o mamá, esa charla del niño con Dios! ¡Cuánto puedo aprender de él! Con frecuencia no hay ninguna escuela de oración mejor para mí que la escuela de un niño pequeño.