6. oct., 2017

REZAR ES IR AL ENCUENTRO DE DIOS

P. José Kentenich

(Milwaukee, 1963 en «Cómo Hablar con Dios»)

 

El Cardenal Faulhaber, con su acostumbrada genialidad, explicó una vez lo que es la oración. Decía: Rezar es ir al encuentro de Dios, es un caminar hacia El. Continúa  haciendo una hermosísima distinción que nos proporciona  la escala con la que podemos medirnos nosotros mismos: ¿Cuánto he recorrido en mi camino hacia Dios? ¿Cómo puede ser ese caminar? Podría ser como el gatear de un niño hacia su padre o su madre; pero también podría ser un ir tambaleándose bajo el peso del pecado y las preocupaciones.

¿Entendemos la diferencia? Me encuentro con un peso a cuestas, con el peso del pecado en el corazón, y voy encorvado, tambaleándome; o bien tengo innumerables preocupaciones por la educación de mis hijos, u otras preocupaciones que en este momento me desequilibran interiormente. El ir a tropezones, cargado con ese peso, y llegar hasta el Padre Eterno ¡Eso es orar!

¿En que consiste orar? - continúa diciendo el Cardenal - consiste en ese inocente ir corriendo del niño hacia su padre, a quien se trata de tú. ¿Es acaso ésa mi forma de rezar?

Y una última respuesta  a la misma pregunta: orar es volar hacia Dios en las alas de un amor más pleno.

Podríamos continuar y siempre nos encontraremos con lo mismo, que orar es conversar, sí, conversar en forma personal con Dios. Creo que ya he explicado suficientemente el significado de lo personal.

La segunda palabra que nos ocupa es "conversar". Nos preguntamos cómo debe ser esa conversación. No hay duda que ella debe ser fiel a la verdad. Pero analicemos una frase que deberíamos grabarnos profundamente: Los labios hablan, el corazón acompaña, y la vida diaria corrobora. Eso es conversar: el hablar de los labios, el hablar del corazón y el hablar de la vida cotidiana.

Todo depende de que en nuestra oración experimentemos esta triple dimensión como una unidad. No es necesario que hablen los labios, pero si hablan, debe hacerlo también el corazón y, a su vez, debe corroborarlo la vida. En la medida en que falte lo uno o lo otro, en la medida en que calle el corazón y la vida, mi oración valdrá muy poco o no valdrá nada.

Se cuenta que una vidente de Westfalia, Ana Catalina Emmerick, recibió la gracia de la oración en grado muy alto. Un día la visitó el médico del distrito y se quedó maravillado al verla postrada tantas horas en oración. Catalina explicó: ¡Ah, no es tan terrible! Suponga que encuentra un libro muy interesante. Puede incluso interesarle tanto que podría estar leyendo horas enteras hasta quedarse agotado: tanto es el interés por saber cómo termina todo. O pensemos en dos personas que viven su primer amor. ¿Cuánto tiempo pueden pasar juntos? ¡Horas y días enteros! ¿Y qué aciertan a decirse? Siempre lo mismo.

Si orar es amar, es la melodía, el tono fundamental del alma religiosa, del amor, del amor a Dios y al prójimo, entonces esto es lo más natural. ¡Inténtelo alguna vez! - le dijo  Ana Catalina Emmerick - empiece alguna vez a inclinarse silenciosamente, con recogimiento y humildad, ante la presencia del Dios Infinito y verá cómo también usted aprenderá el arte de la oración.

Algo que resulta particularmente interesante en este contexto es relatar una especie de visión que ella tuvo. Destaco esto porque nos ayuda a comprender mejor el significado de la armonía entre corazón, labios y vida. Los tres forman una unidad. Pero, ante todo, deben hablar el corazón y la vida. Nos dice Ana Catalina Emmerick: "En una visión pude ver lo diferente que son las oraciones de los hombres. Si entendí correctamente, existen cuatro tipos de oración. Lo pude ver, gráficamente, en una pizarra. En ella estaban escritas las oraciones con letras de oro, de plata, de un color oscuro y negras. Sobre las negras había una tachadura. Eso significaba: No vale, no tiene ningún valor".

"Entonces me explicaron lo que esto significaba. La oración escrita con letras de oro es la oración de los hombres que unen, constantemente, sus oraciones al dolor de Cristo Jesús y a los méritos de la Santísima Virgen y que se esfuerzan por cumplir los mandamientos y seguir el ejemplo del Señor".

¿Descubrimos en este texto los tres elementos, sobre todo el corazón y la vida?! Si no reza el corazón, falta algo. ¿Perciben también el tercer elemento: la vida diaria? La íntima unión con el Señor y la Santísima Virgen. Ese es el idioma del corazón y el idioma de la vida. ¿Qué hago  Cumplo los mandamientos e imito especialmente el ejemplo del Señor.

Las letras plateadas se refieren a los que no tienen esa unión interior con el Señor y la Virgen, o que, al menos, no la cultivan conscientemente, pero que, sin embargo, pertenecen a Dios y rezan de corazón.

Desde este punto de vista podemos dar otra definición de la oración: es el "sí" del Señor  que quiere rezar en nosotros. El Señor reza en mí, Él camina en mí y conmigo a través de la oración hacia el Padre Dios. Eso es orar.

El tercer tipo de letras, las escritas con un color oscuro corresponden a las personas que dependen de los ejercicios externos de oración, a las que no están tranquilas si no se confiesan a menudo, si no comulgan frecuentemente, pero que, en general, realizan todos estos ejercicios de piedad sólo como algo formal, sin que su vida diaria los corrobore. Todo más bien un atado de formalidades, una oración formal, pero no un rezar profundo del corazón y de la vida.

Finalmente, el último tipo de letras, las totalmente negras son de esas personas que, por lo general, llevan una vida tibia, aparentando virtudes que  son sólo una ficción. Además, no conocen los mandamientos ni la lucha contra sus propias pasiones. Este tipo de oración, escrita con color negro, fue tachada, es decir, no tiene ningún valor ante Dios.