6. oct., 2017

MORIR DIARIAMENTE CON CRISTO

P. José Kentenich

(Milwaukee, 1964 en «Vivir la Misa Todo el Día»)

 

La Eucaristía de la mañana debe ser punto de partida, punto central y meta de todo el día de trabajo.  Entonces, la atmósfera que se respira en la Santa Misa, la actitud que quiere regalarnos la Misa, con el tiempo debe poder penetrar todo el día. Con esto, por supuesto, se presenta ante nosotros el amplio fin de la educación litúrgica, de la educación eucarística.

Si esto, que les he dicho de manera general, quiero hacerlo más comprensible, tan comprensible como para que puedan usarlo en la vida diaria, entonces debiera decirles que existen principios fundamentales que debemos grabarnos de modo tan profundo que lleguen a hacerse vida en nosotros.

El apóstol san Pablo nos presentó el primer principio: él quiere que el núcleo de este principio y su sentido se graben en nosotros de manera indeleble. ¿Cuál es este principio? Cada vez que participamos en la Eucaristía debemos anunciar la muerte del Señor hasta que venga (Cf . 1 Cor 11,26). Es una afirmación muy importante, pues subraya: ¡cada vez que participamos en la Eucaristía! Y el mismo apóstol nos ha dejado otra frase que dice: "Quotidie morior", es decir cada día muero (Cf. 1 Cor 15,31), cada día participo en la Eucaristía muriendo. Entonces cada vez que participamos en la Misa, debemos anunciar, proclamar la muerte del Señor. Esto encierra dos cosas.

Durante la Santa Misa debo cultivar: 1. Un estar creyente bajo la Cruz, es decir, con nuestra actitud creyente, con nuestra participación interior en lo que se desarrolla en el altar, queremos anunciar la muerte del Señor. Es decir, hacerlo a través de toda nuestra actitud reverente. 2. Hacerlo también a través de la actitud de co-oferentes: no dejamos que sea sólo el Señor el que se ofrece, lo co-ofrecemos así como la Sma. Virgen lo co-ofreció. Pero también 3. nosotros, al mismo tiempo, nos co-ofrecemos durante la Eucaristía. Así anuncio la muerte del Señor durante y a través de la Misa.

 

Pero esto sólo no basta. Si yo, en forma creyente, me he dejado clavar en la Cruz con el Señor durante la Santa Misa, entonces esto significa que yo también penderé de la Cruz durante todo el día, es decir hasta la próxima Eucaristía. Dicho en forma popular: durante el día no me descolgaré de la Cruz; todo el día penderé con Cristo de la Cruz, de mi cruz. Dicho en forma profundamente religiosa: el Señor pende conmigo de la Cruz hasta la próxima Eucaristía; con mi cuerpo, con mi corazón, con mi cabeza. No sólo durante la Eucaristía, sino durante todo el día, yo soy no sólo un testigo creyente, no sólo un co-oferente, sino también una co -ofrenda, un co-ofrendado con el Señor al Padre.

Ahora entremos en detalles. Si debo sufrir dolores corporales y miserias; si el peso de la edad se hace notar y experimento las limitaciones de las fuerzas humanas, entonces, en ese caso, ¡anuncio la muerte del Señor! ¡También el Señor debió sufrir! ¡Cuánto sufrimientos corporales debió soportar! Yo anuncio la muerte del Señor en cuanto soporto mis sufrimientos corporales tal como el Señor lo hizo y como lo haría hoy, si estuviera aquí en mi lugar.

¡Cuántos sacrificios del corazón debemos soportar cada día! ¡A cuántas cosas queridas, a cuántas personas amadas debemos renunciar! Debemos entonces anunciar la muerte del Señor. El corazón del Señor late doliente una vez más en mi corazón; todo lo vivimos en la más íntima y profunda unión con el corazón traspasado de Jesús.