6. oct., 2017

DEL ALTAR A LA ARENA

P. José Kentenich

(Milwaukee, 1964 en «Vivir la Misa Todo el Día»)

 

¡Desde el altar a la arena! decía una frase del cristianismo primitivo. Debo aplicar esta frase a mi vida: ¡desde el altar a la arena de mi vida práctica! Si estoy en mi casa, me pregunto: ¿cómo es mi arena?; si soy estudiante también: ¿cómo es mi arena?; si trabajo en cualquier lado, ¿cómo es mi arena? Pero, siempre ¡desde el altar a esta arena! Si separo mi arena del altar, entonces mañana o pasado ya no será más la arena de Dios, será la arena del mundo, la arena del demonio.

"¡De Eucaristía en Eucaristía!". Por lo tanto mi vida práctica debe estar subdividida en innumerables pequeñas partes.

¿Cuál será para mí la parte más pequeña? Es el tiempo que va desde una Eucaristía a otra Eucaristía. En el más puro  pensar cristiano, esto se expresaría diciendo: si participo cada día en la Santa Misa, en cuanto eso me sea posible, entonces prácticamente todo el día está concentrado en el hoy: Hoy Cristo quiere morir en mí. ¡Hoy! No mañana ni pasado. A menudo una de las más grandes  tentaciones del demonio se presenta de este modo: "¿Vivir toda una vida en forma tan sublime y con tal profundidad religiosa y moral? ¿Quién puede resistirlo?". La respuesta es: ¡Hoy!, sólo hoy. Tengo esa responsabilidad sólo por 24 horas. "De sacrificio en sacrificio", de Eucaristía en Eucaristía. Las gracias que necesito para bajar hoy a la arena de mi vida, las recibo cada mañana en la Santa Misa. A cada día le basta con su afán (Mt 6,34), pero cada día tiene también su gracia, y debe tener bastante con su gracia.

¿Comprendemos, queridos fieles, cómo de esta manera, a través de la Eucaristía, correctamente vista y correctamente vivida, todo el día es sacado de su rutina e incorporado a la vida mística de Cristo? Así podemos entender que tarde o temprano podamos repetir con san Pablo: Cristo ora en mí, Cristo vive en mí, Cristo sufre en mí (Cf.Gal 2,20); todo lo hace Cristo en mí durante el día.

Si así pensamos, si así resumimos y dividimos nuestra vida, entonces nos damos cuenta que tiene mucho sentido participar siempre en la Santa Misa y no sólo cuando es obligación; entonces comprendemos qué valioso es hacer del altar el centro de nuestra vida.

Debemos preocuparnos que la Misa se prolongue durante mi vida. Por lo demás, este es el sentido de la Misa. La Misa de cada día en la que tomo parte -con cualquier frecuencia que sea- debe llegar a ser una Misa vivida. ¿Qué significa esto? Que todas las partes de la misa: ofertorio, consagración y comunión deben encontrar su repetición en las acciones de mi vida.

Ofertorio. Pero, ¿qué ofrezco? Lo que tengo que ofrecer me lo señala Dios mediante las circunstancias. ¡Tenemos tantas dificultades familiares, dificultades de personalidad, dificultades en nuestro lugar de trabajo, en la vida civil! Ofrecimiento. En mi vida renuevo el ofertorio y ofrezco nuevamente al Padre, en la patena, es decir en Cristo, todos mis pequeños sacrificios. Cristo renueva ahora el ofertorio, Él en mí y yo en Él.

Consagración.  Si yo vivo así mi vida de ofrecimiento, en forma sobrenatural en y con Cristo, es evidente entonces que muchas veces seré transformado en Cristo. Y el fruto de esta transformación será que en Cristo y con Cristo todo mi corazón se irá uniendo más y más al Padre Celestial.

"Ite missa est". sí, la Misa ha terminado; pero sólo esa Misa matutina, no la Misa de la vida. Durante el día, hasta la próxima Misa, deberá repetirse sin cesar ofrecimiento, consagración y comunión.

Si entendemos así la Misa, estaremos en condiciones de hacer presente a la Iglesia dondequiera que estemos. Entonces seremos apóstoles y misioneros: si estoy solo en mi cuarto, con mi familia, en mi trabajo o divirtiéndome, en todas las situaciones, una y otra vez, siempre tengo la gran oportunidad: Misa del día es Misa de la vida. Siempre que participéis en la Santa Misa, debéis anunciar la muerte del Señor; vivir de Eucaristía en Eucaristía.

Termino esta plática con un ejemplo que nos mueve a tomar en serio todo lo que hemos recibido en cuanto a ideas y valores. Se cuenta que Alessandro Manzoni (poeta italiano del siglo XIX, convertido al catolicismo) había tomado por costumbre asistir a la Eucaristía, bajo cualquier circunstancia, por lo menos los días domingos y festivos, lo que para el sentir  de su tiempo era algo muy significativo. Pero se fue poniendo más y más viejo. No pocas veces había mal tiempo, y sus conocidos y parientes, por tal motivo querían apartarlo de su participación en la Misa, diciendo que esa obligación ya no corría para él, que había motivos que lo dispensaban, que su salud podría no resistirlo. El movió la cabeza y dijo a los suyos: “¡Eso no vale para mí! Supongamos que me hubiese sacado el premio mayor de la lotería y hoy fuera el último día para cobrarlo. ¿Qué harían Uds. entonces?.". La respuesta fue: “Ese ejemplo no vale!" 'Para Uds. podrá no valer, pero para mí sí. Aunque pudiese tener todos los tesoros de la tierra, ¿qué significan todos estos tesoros para mí frente al valor de una sola Misa? Dicho esto, partió y siguió participando en la Misa hasta el fin de su vida.