6. oct., 2017

LA PALABRA DE DIOS EN LA MISA

P. José Kentenich

(Milwaukee, 1964 en «Vivir la Misa Todo el Día»)

 

La Misa debe ser el sol del día, lo que equivale a decir que un día sin Misa es como una noche. Si la Eucaristía quiere ser el alimento mismo del día es entonces equivalente a un día sin comer ni beber. Con esa seriedad y con esa profundidad debemos ver la Misa diaria. Dicho de otra manera, la Misa es el punto central, la cúspide, el punto de partida y el punto de convergencia de todo el día. Repetimos así, no un acto aislado junto a otros, sino que se trata, en último término, de un acto que se prolonga, que debe prolongarse a lo largo de todo el día.

¿Qué significa la Misa para nosotros? La Misa significa la reactualización del Sacrificio de la Cruz de Cristo. Entendamos claramente lo que significa reactualización. Es una reactualización real, práctica, verdadera. Es casi como si ahora, de pronto, aquí durante la Misa, el altar fuese el Gólgota. Pero aquí se realiza en forma incruenta, lo que se realizó en forma cruenta allí en el Gólgota. Entonces la Misa es, en primer lugar, renovación real, renovación mística del sacrificio de la Cruz de Cristo. Pero no es sólo eso, la Misa es también para nosotros la cena de los hijos de Dios de la que participamos en la Comunión y que debe darnos la fuerza para recorrer nuestro camino durante 24 horas, como Dios lo ha previsto. La Misa es para nosotros una fuente única de luz en el camino oscuro de nuestra vida. La Misa es una adoración infinita al Dios infinito. ¿Por qué una adoración infinita? Porque ofrecemos al Dios infinito un don infinito, que es el Hombre-Dios, Jesucristo.

Y ahora la pregunta ¿Cómo participó en la Misa la Santísima Virgen, en el ofrecimiento cruento del Sacrificio de la Cruz, en la Resurrección, en la Ascensión del Señor y cómo participó en su reactualización incruenta?

¿Cuál fue la actitud de la Santísima Virgen frente a la palabra de Dios? Si nos referimos a la realización cruenta del  Sacrificio de la Cruz, la pregunta se concentra en un punto: ¿cuál fue la actitud de la Santísima Virgen frente a las siete palabras que el Señor pronunció desde la Cruz? Porque esa fue Liturgia de la Palabra, allí habló en ese momento el Señor. Pero si pensamos en la Misa, es decir en la actualización incruenta del Sacrificio de la Cruz, entonces la pregunta se amplía. Quedaría así: ¿Qué actitud tuvo Ella durante su vida, ante la Palabra de Dios? ¿Qué podemos responder? Creo que deberíamos decir primeramente que Ella comprendía de manera única el significado de la Palabra de Dios. Y de esa comprensión brotaba su posición práctica frente a la Palabra de Dios.

Ella comprendía su significado. La Palabra de Dios, que se repite en la Epístola, en el Evangelio, supone que aquí Dios nos habla a nosotros. La Palabra eterna de Dios se hace misteriosamente presente en la palabra hablada. Es como si el Señor ahora dijese una vez más lo que está en el Evangelio, lo que Él habló directamente o lo que habló a través de los escritores inspirados en las cartas de los apóstoles. Aquí está en primer plano la Palabra de Dios y no la palabra de los hombres. Podemos recordar una antigua convicción:  “Las palabras de Dios realizan lo que dicen". Esto significa que la repetición de la palabra inspirada de Dios ejerce una profunda influencia sobre el corazón del hombre. 

De hecho se puede probar, con muchos ejemplos, cómo la Palabra de Dios de la Sagrada Escritura ha transformado a los hombres. Alguien que estaba apartado de Dios durante años, de pronto vuelve a escuchar una palabra de la Sagrada Escritura y experimenta una conversión en forma instantánea.

La Palabra de Dios -podemos agregar: "así como se nos entrega en la Misa"- es luz para nosotros, y también alimento, pues es la carne y la sangre del Dios Hombre, Jesucristo.

Era costumbre en el cristianismo primitivo que el rollo de la Escritura estuviese delante en el templo. ¿Qué significaba este rollo de la Escritura? Era un símbolo de Cristo.

Decíamos que la Santísima Virgen comprendía el significado de la palabra de Dios. Ella comprendía la palabra de Dios simplemente como el alimento más eximio para la vida interior personal y la más auténtica vida cristiana.

Las consecuencias podemos sacarlas con mucha facilidad... Resumiendo, deberíamos decir que la Santísima Virgen se mostró frente a la palabra de Dios como la Virgen sabia. Virgen sabia de una extraordinaria sabiduría  espiritual, interior. Ella conservaba en su corazón la palabra de Dios, la elaboraba en el interior de su alma y la ponía en práctica. Este es el sentido profundo que debería tener para nosotros la  palabra de Dios en la Sagrada Escritura, y también de modo más preciso en la Misa.