6. oct., 2017

UN VERDADERO ADORADOR

Un Padre de Schoenstatt definió cierta vez la vida del Padre Kentenich con esta hermosa frase: “¡su vida fue una continua oración!” Con la maestría propia de un buscador de Dios, el Padre Kentenich hundió las raíces de su corazón en aquella tierra en la que cada hombre anhela arraigarse: el corazón de Dios.

Los árboles cuya raíz está profundamente enclavada en la tierra resisten los huracanes. Es más, los temporales los ayudan a arraigarse aún más en su suelo. El tiempo en el que el Padre Kentenich estuvo en la cárcel y en el campo de concentración fueron horas de un gran crecimiento interior en las cuales su corazón echó raíces en Dios con mayor profundidad aún. Esto se repitió de un modo singular en el tiempo del exilio cuando debió temer por la existencia de su fundación aún más que durante la persecución nacionalsocialista.

Fue un hombre de una profunda vida de oración. Sí, un verdadero adorador, sobre todo de la voluntad del Padre. Asimismo su vida de oración no estuvo colmada de palabras; su actitud era más bien la de alguien que se sabe junto a Dios como un niño junto a su padre.

Un sacerdote que visitó cierta vez al Padre Kentenich en Schoenstatt le comentó sus dificultades referentes a la vida de oración. El Padre Kentenich lo escuchó atentamente y luego lo invitó a almorzar. La conversación en la mesa fue familiar y se trató sobre los temas más diversos. Después del postre el Padre le dio algunos consejos sobre la vida espiritual. El más acertado y eficaz fue el siguiente comentario: “Mientras comimos estuve todo el tiempo con Dios ¡Siempre lo adoro en aquellos que están conmigo!”.

Alguien le dijo al Padre Kentenich que cuando estaba con él se sentía como en una Iglesia. El Padre le contestó: “sí, trate de estar siempre en esta Iglesia”.    

Quien quiera llevar una verdadera vida de oración deberá buscar a Dios en todo. El Padre Kentenich lo hizo durante toda su vida. Buscó su Rostro con todas las fuerzas de su espíritu, con todas las fibras de su corazón y lo encontró en los hombres, en las cosas creadas y en los acontecimientos. Éste fue uno de los “misterios” que hizo fecunda su vida.

El Papa Juan Pablo II dijo una vez: “Muchos de ustedes se reúnen para discutir y hacer programas. Puede ser tiempo bien empleado. Sin embargo les digo: el tiempo mejor empleado... es el que ustedes dedican a la oración”.

Cuando el Padre Kentenich hablaba sobre la vida interior o sobre la oración, lo hacía con tanto ardor y calidez que en sus palabras resonaba la convicción de quien habla basado en su propia experiencia. A veces cerraba sus ojos; entonces uno tenía la impresión de que estaba leyendo en su alma lo que iba a decir.

Decía que la oración es la respiración del alma sin la cual ésta no puede vivir. Otras veces usaba la imagen de la piedra de molino que no puede circular sin agua, comparando “el agua” con la oración.

En una oportunidad, estando en Milwaukee, el Padre Kentenich citó la carta de despedida de un conocido y apreciado filósofo alemán que estando enfermo de cáncer y ya desahuciado, cumplió el deseo de sus estudiantes escribiéndoles una carta de despedida:

“Antes de mi partida definitiva, ustedes me preguntarán si no conozco una llave mágica, capaz de abrir la puerta principal hacia la sabiduría de la vida. Les contesto: ¡sí, la conozco! Esa llave no es la reflexión, como quizá lo esperan de un filósofo, sino la oración. La oración entendida como entrega total nos tranquiliza, nos vuelve filiales y, a la vez, objetivos. Estimo que una persona se desarrolla en el plano humano, no humanista, en la medida en que es capaz de rezar verdaderamente. La oración revela el auténtico grado de humildad del espíritu. Solamente quien sabe rezar es capaz de acoger creadoramente en sí los valores propios de la existencia humana”.

M. Annete Nailis

“Hemos conocido a un Padre”.

 

Adoradores

Santuario de Schoenstatt