6. oct., 2017

MI VIDA UNA PROLONGACIÓN DE LA MISA

Entre los primeros cristianos era común la expresión “¡del altar, a la arena!”, refiriéndose a la arena de los circos donde eran martirizados. El Padre Kentenich enseñaba que nuestra “arena” es la vida diaria; con lo que quería significar que toda nuestra vida debe ser una prolongación de la Santa Misa.

Decía que, al igual que el santo sacrificio, nuestra vida también consta de tres partes principales: ofertorio, consagración y comunión. Cuando Dios nos exige algún sacrificio, cuando nos pide algo difícil, entonces ése es el momento del ofertorio. Debemos estar atentos, para ofrecer justamente aquello que nos resulta doloroso y difícil. Incluso hay días con más de un ofertorio... La consagración (que es el momento en que el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre del Señor) es un milagro de transformación que realiza Dios en nosotros. La comunión, es decir, la profunda unión de nuestra alma con el Dios infinito, nos será regalada entonces como fruto de la gracia.

Miremos el “ofertorio” en la vida del Padre Kentenich: incondicionalmente dijo su “sí, Padre” cada vez que Dios exigió algún sacrificio de él. En la “arena” ciertamente no lo esperaron las “fieras” en el sentido literal de la palabra, pero sí podemos afirmar que muchas circunstancias de su vida se asemejaron a las estaciones de un vía crucis muy doloroso. Cuando pequeño su mamá lo tuvo que dejar en un orfanato, estuvo a punto de no ser ordenado sacerdote, fue enviado al campo de concentración de Dachau, sufrió multiples incomprensiones de su comunidad, los Padres Pallotinos y también de parte de la Iglesia, estuvo exiliado catorce años.

El Padre Kentenich sabía que la plenitud de su entrega sacerdotal y de su amor paternal consistía en el seguimiento de Aquel que por nosotros llevó la pesada cruz y que finalmente derramó en ella su sangre; pero sabía también que cada vía crucis es a la vez un camino de bendición. Por eso, sin resistencia, caminó la senda del dolor, simplemente porque Dios se lo pedía.

A semejanza de la Santísima Virgen y de los grandes santos de la historia de la Iglesia, el Padre Kentenich fue llevado por caminos marcados por la oscuridad de la fe con sacrificios que exigieron de él la entrega de su propio corazón. Toda su vida, hasta el último suspiro, estuvo consagrado a los hombres y a su Obra. Por ellos se consumió totalmente hasta sacrificar todos sus deseos personales.

El ofrecimiento de sí mismo para gestar con esa entrega nueva vida, es algo que siempre exige sacrificios inmensamente grandes. “El grano de trigo que se hunde en la tierra y muere, da abundante fruto” (Jn 12, 24).

Uno de los sacrificios más difíciles de sobrellevar pero que es parte de la misión carismática de un fundador, es la cruz que a menudo la misma Iglesia coloca sobre sus hombros. El Padre Kentenich la llevó ejemplarmente durante catorce años largos y difíciles, durante su exilio en Milwaukee.

Una frase que el Padre Kentenich le dijo a un sacerdote antes de su exilio, muestra su sabiduría, fruto de la experiencia madurada en el sufrimiento: "¡obras grandes exigen grandes sacrificios!”.

En una conferencia que dictó en aquel tiempo utilizó la imagen del “burrito de carga”; seguramente al hacerlo, hablaba de su propia disposición a “cargar” la cruz que intuía que Dios le enviaría al separarlo de la Obra.

Su fe heroica en el amor de Dios era la fuente de la cual brotaba su fuerza para sobrellevar valientemente la cruz. La pregunta en torno a la cual giraba su hablar, su pensar y su actuar era: ¿qué es lo que le da más alegría a Dios? Según fuera la respuesta se entregaba incondicionalmente a los deseos del Padre Eterno. En eso consistía para él la "genialidad de la ingenuidad".

M. Annete Nailis

“Hemos conocido a un Padre”.