6. oct., 2017

TENGO EL CIELO DENTRO DE MI

P. José Kentenich

( 1928 en «La Santísima Trinidad»)

 

 No debemos olvidar que Dios habita y reina en nuestra alma, no sólo de manera natural, sino en particular de manera sobrenatural. La Sagrada Escritura denomina a esta esencia sobrenatural de Dios la “inhabitación de Dios”. Por tanto, solamente el alma que tiene en sí la gracia santificante, en quien fluye el torrente divino de vida, puede denominarse morada de la Santísima Trinidad. Por eso, solo aquellos que tienen en sí el torrente divino de vida pueden ser una iglesia de la Trinidad ¡Con cuanta frecuencia subraya también el apóstol san Pablo esta idea central, cuán a menudo habla él del templo del Espíritu Santo! "¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en ustedes? (1 cor 3, 16)

Como pueden ver, allí está la palabra “habita” ¿No saben que son templo del Dios santo y que ese templo son ustedes, y que sus miembros son miembros de Cristo?

Ahí tenemos a la Santísima Trinidad, tal como vive y actúa en nuestra alma en el permanente fluir de su vida divina ¡No necesito entrar en el cielo: tengo el cielo dentro de mí! Donde está la Trinidad está el cielo, y en mí está el fluir de su vida divina.

Es, pues, literalmente cierto: soy una iglesia de la Trinidad. Cristo lo ha dicho tan hermosamente: “al que guarde mi palabra el Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él.” (Jn 14,23). El vive en mí y yo en él. “Vendremos a él”: con ello tengo al cielo entero, a la Trinidad entera en mí. Si rezamos de nuevo "Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo", debemos incluir en esa alabanza, en esa petición, el pedido por la inhabitación no solamente del Espíritu Santo, sino de la Santísima Trinidad. La Santísima Trinidad puede hacer aún más en nosotros, puede impregnar también cada vez más nuestra vida, y tan profundamente que casi nos perderíamos en ella, si fuese posible perderse en el propio ser. Recemos frecuentemente pidiendo ser conscientes de la presencia de la Santísima Trinidad en nuestra alma.

Por cierto, conocemos bien estos pensamientos, sin embargo, no los sabemos, porque no los hemos hecho verdad en nuestra vida. Debernos evocar a menudo en nuestra conciencia la presencia Dios, o más bien, evocar al Dios que está presente; debemos ponernos en la presencia de Dios; acordarme de ello como si fuesen mi padre y mi madre los que estuviesen conmigo. Esto es una realidad, pero debemos ser conscientes de ella. Nunca llegaremos a ser santos si no llegamos, de una u otra manera, a tomar conciencia del Dios presente, de la Trinidad presente en nuestro interior.

¿No queremos, entonces, pedir hoy con íntimo amor esa gracia? La especial relación que tenemos con la Mater sólo pretende  ayudarnos a plasmar y adornar esa iglesia de la Trinidad de nuestra vida y de nuestro ser. Trinidad Santísima, desciende sobre nosotros y enséñanos a vivir lo que nuestra Mater vivió en relación contigo.