6. oct., 2017

EL SALTO MORTAL

P. José Kentenich

( Chile, 1951 en «Tiempos Apocalípticos»)

 

¿Cuál es la forma de vida a la que aspiramos con todas nuestras fuerzas? Se trata del santo de la vida diaria, que es un hombre marcadamente abierto al cielo, pero que al mismo tiempo está orientado a la tierra. Destacamos en él tres cualidades: la del hombre con una visión clara, amplia y profunda; la del hombre audaz y la del hombre alegre porque está seguro de la victoria de Cristo sobre el mundo.

Recordemos que hay tres grandes poderes que rigen la historia universal: Dios, el demonio y la voluntad del hombre. Es obvio decir que, en último término, Dios tiene que triunfar contra el demonio a pesar de todas las situacio¬nes adversas. Por eso, también resulta evidente que en último término la victoria debe corresponder a Cristo ¡Solamente hay que mantener viva la conciencia de ser instrumento en las manos de Dios! Sin embargo, esta concien¬cia de victoria sabe que existe la posibilidad que en el camino de la vida choquemos duramente con las dificultades y que caigamos.

Hay un dicho conocido que suele escucharse en tiempos difíciles ¡Quien lleva la bandera es nada, la bandera es todo! Esto quiere decir que yo debo dejar que Cristo reine para que su obra tenga éxito y prospere.

¿Comprenden entonces por qué digo que el santo de la vida diaria no sólo tiene una visión clara y audaz, sino que en todas las circunstancias, incluso cuando se trata de cruz y sufrimiento, siempre es el hombre alegre por la seguridad en la victoria porque el poder de Cristo vence.

La Madre de Dios como la Madre y Reina tres veces Admirable de Schoenstatt quiere asumir ahora la tarea de formar grandes figuras que dirijan este pueblo chileno. La llamamos Tres Veces Admirable: admirable por tener una visión clara; admirable por ser audaz y finalmente admirable por estar alegre por su seguridad en la victoria.

Aquí nos detendremos un poco y contemplaremos la imagen de la querida Madre de Dios según este aspecto y resaltaremos una cualidad que es muy necesaria para nosotros: su audacia. Dios no se nos acerca siempre tan claramente. Por eso es que no siempre lo reconocemos con plena claridad a El ni a su voluntad. A veces cuando El nos habla hay luz, pero detrás de esa luz hay muchísima oscuridad. Sólo cuando tengamos la audacia de someter nuestra inteligencia y de arriesgarnos con el salto mortal, podremos comprender lo que Dios espera de nosotros ¿Qué significa creer? Significa reflejar desde nuestro interior la atmósfera de un "sí" a Dios en todas partes. El no creyente refleja la atmósfera del "no", sobre todo cuando Dios no habla claro. Y Dios normalmente no habla con toda claridad.

¿Cómo es la imagen de la Madre de Dios que nos muestra la Sagrada Escritura?         A veces tenemos la idea equivocada que la vida de la Madre de Dios fue un lago tranquilo, transparente, de modo que vio con toda claridad, como si no hubiese tenido que dar ningún salto mortal frente a todo lo que Dios le pedía. Desde el principio de su vida nos imaginamos a la Madre de Dios tan perfecta que pensamos que nunca hubo progreso en su vida. Ambas cosas son un gran error que tenemos que olvidar. Hay que decir que en su vida hubo mucho más incertidumbre que en la nuestra, aún cuando yo supongo que Ella recibió una luz mucho más clara ¡Cuánta fe se le habrá exigido! Pensemos en Jesús a los doce años cuando se perdió en el templo. La situación fue tan poco clara para Ella que casi no podemos imaginarnos lo que Ella experimentó. Por eso se dice expresamente de Ella y también de San José: “ellos no entendieron lo que Jesús les quería decir” (Lc 2, 50) ¿Qué es lo que la Madre de Dios no entendía? Era realmente incomprensible cómo se había comportado el Salvador. Y esa incompren¬sión sólo la explica con una indicación: “¿no sabíais que debo preocuparme de las cosas de mi Padre?” (Lc 2, 49). Cuando el Padre exige algo, entonces se somete la inteligencia y no cuenta nada más ¡Y con cuánta solemnidad le fue anunciado “... y su reino no tendrá fin”! (Lc 1, 33) ¡El es el Hijo de Dios, El debe salvar al mundo!

¿Y qué experimentó Ella? Apenas había nacido Jesús se produjo el asesinato de los niños en Belén. Y no sólo eso; tuvieron que escapar de sus enemigos. Escuchen de nuevo en este contexto: “y su reino no tendrá fin”... Y tuvieron que sufrir el no tener una patria. Ella no sabe a qué país serán enviados. Ella tampoco sabe cuándo regresarán ¡Cuántas cosas oscuras e incomprensi¬bles tuvo que soportar en su vida!

También el Salvador fue como cualquier otro niño y la Madre tuvo que ayudarlo a satisfacer sus necesidades naturales. Así y todo, “su reino no tendrá fin”. E incluso es el “Hijo del Altísimo” ¿Se dan cuenta de los fuertes contrastes? Y el Salvador vivió 30 años en su casa sin ningún rastro de divinidad, excepto el suceso ocurrido en el templo con el Niño Jesús cuando tenía doce años ¿Pueden entender que la fe para la Madre de Dios fue un riesgo que suponía en sí un salto mortal de la inteligencia?

Después de treinta años, cuando llegó el momento de hacer un milagro Ella estaba tan convencida de la divinidad del Salvador que se atrevió a pedirle “¡haz un milagro!” Toda fe cristiana verdadera cuenta con oscuridades pues no puede haber fe sin el salto mortal, sin riesgos. Comprenden lo fuerte y lo grande que tiene que haber sido la fe de la Madre de Dios, ya que Ella siempre veía el lado humano del Salvador y lo divino sólo se manifestaba rara vez. De esta forma Ella pudo madurar para que en las horas más oscuras de Jesús, cuando fue tomado preso y clavado en la cruz, pudiera con actitud heroica dar el salto mortal de la inteligencia, de la voluntad y del corazón. Ella se mantuvo de pie junto a la cruz de su Hijo cuando todo parecía perdido. Mientras el Salvador vencía a sus enemigos, sus apóstoles se mantuvieron fieles a El pero cuando El empezó a tiritar, a mostrarse como ser humano, se quebraron. Sin embargo, la Madre de Dios permaneció inquebrantable bajo la cruz.

Mientras más grande es la misión, mayores son los sacrificios que se exigen. De rodillas ante la imagen de la Madre de Dios, nosotros también queremos implorar una y otra vez: ¡Madre, si fuéramos como Tú! ¡Preocúpate que nuestra fe sea clara, audaz, consciente y alegre por la seguridad en la victoria! Esta es la gracia más grande que quiere y puede darnos la Madre de Schoenstatt a nosotros, sus hijos de Schoenstatt. Si queremos realizar desde su Santuario su tarea para el pueblo chileno, no nos queda otro camino. Ella tiene que obrar en estas tres direcciones y nosotros tenemos que estar abiertos y aspirar a estas tres cualidades.