6. oct., 2017

PARA AMAR A CRISTO

P. José Kentenich

(1951 en «Cristo es mi vida»)

 

Nuestra unión con Cristo lo abarca todo también en el sentido que nos conduce a Dios Padre y al Espíritu Santo. La gran meta de toda nuestra pedagogía no es sólo abarcar el misterio de María Santísima y de Cristo, sino también adentrarse en el misterio de la Santísima Trinidad. No nos resignemos diciéndonos: “quizás algún día pueda aventurarme un poco más en ese misterio...”. No; que este objetivo haga vibrar ampliamente todo nuestro ser y que aspiremos conscientemente a él.

¿No deberíamos leer la Sagrada Escritura con mayor frecuencia que la acostumbrada? ¿No sería aconsejable que leyéramos más libros sobre Cristo para conocerlo más y así amarlo más? Si queremos crecer en el amor a Cristo, ¿no debería ser el tabernáculo nuestro rincón predilecto, en el cual encotraramos siempre descanso? ¿No tendría que ser también la Eucaristía el eje de toda nuestra vida?

¿No debe ser nuestro amor al prójimo expresión de nuestro amor a Cristo? Si queremos comprobar la profundidad de nuestro amor a Cristo, entonces el indicador es un auténtico amor a los demás. (…)

Meditemos un poco sobre cómo cultivar un contacto más directo con Cristo ¿Qué habremos de hacer para llegar a Jesús? A continuación les ofrezco algunas sencillas sugerencias inspiradas en la piedad popular.

¿No piensan ustedes que con el paso del tiempo todos debiéramos aspirar a ser “pequeños Zaqueos” (Lc 19, 1-10) ¿Qué hizo el buen Zaqueo para ver a Jesús? (Respuesta del auditorio: “Se subió a un árbol”). Sí; está bien, pero en esa acción suya hay algo más, algo muy importante: Zaqueo se adelantó a los demás, abandonó la multitud y buscó el cami-no hacia las alturas. Para encontrar a Jesús hay que vencer en nosotros la tendencia a la masificación, buscar la soledad y abrazarla como una gran comunión de dos.

Examinemos nuestra historia de vida y comprobaremos con facilidad cuán a menudo Dios ha permitido que nos desilu-sionemos de todo lo terrenal. Y lo hace para que abandone-mos la multitud y trepemos al árbol buscando la altura. Si no abrazamos la soledad, si no salimos de la multitud, si no subimos al árbol y trepamos hacia lo alto, Jesús jamás se nos revelará diciéndonos: “conviene que hoy me quede en tu casa”.

Ser pequeño y humilde es un segundo camino, y particularmente hermoso, para cultivar un contacto más directo con Cristo. Un don valiosísimo que Dios le ha hecho a nuestra Familia de Schoenstatt es, precisamente, la capacidad de contemplar, siempre desde abajo, a Dios y a las cosas divinas, a Jesús y a su Santísima Madre. Vale decir que si queremos comprender al Señor tenemos que hacernos pequeños y humildes.

Soledad silenciosa y pequeñez profunda y acompañada de una actitud de recogimiento. Hacerse pequeños tal como el Señor se hizo pequeño: “se despojó de sí mismo” (Flp 2, 7). “Cristo se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz”. (Flp 2, 8)

En resumen, si queremos comprender a Cristo, no sólo tenemos que abandonar la masa y ascender, sino -aunque suponga una aparente contradicción- descender, ser pequeños. Aprendamos a experimentar frente a El nuestra pequeñez y desvalimiento.

Tan pronto comenzamos a hacernos grandes, nuestra "pe-queñez" va desapareciendo y Dios se retira. O, mejor dicho, cuando nos hacemos grandes ya no sentimos la necesidad de redención ni de redentor. Esto último es muy significativo; basta pensar en las consecuencias que acarrea. Porque sentirse necesitado de un redentor nos lleva al cultivo de una fe verdadera y auténtica; nos impulsa hacia Cristo.

Cuando hayamos avanzado en edad, cuando la vida nos tenga más desocupados y hayamos adquirido una mayor inde-pendencia, notaremos que no podemos redimirnos a noso-tros mismos. Advertiremos además que lo que realmente podemos hacer es lo que nos enseña Santa Teresita del Niño Jesús: extender los brazos y confiar en que Dios nos salvará. La redención sólo es posible por la gracia. El medio más grande para llegar directamente a Jesús es ser pequeños, sentirnos desvalidos, necesitados de redención y de un Redentor.

La conciencia de la propia pequeñez nos preservará de caer en un mero cumplimiento, en la pretensión de ser siempre “perfecto”.  No en vano Dios permite que experimentemos nuestras miserias. Su intención es que percibamos claramente nuestro desvalimiento y sólo de El esperemos la redención. Si nos preservase de problemas mayores terminaríamos pensando que sólo con nuestros propósitos podríamos alcanzar estas metas, ignorando cuán frágil es nuestra naturaleza humana y así se irá extinguiendo la fe, se irá perdiendo la infancia espiritual...

El filósofo y poeta indio Rabindranat Tagore viajó mucho por Europa y luego escribió las memorias de esos años. Entre las parábolas que nos relata, hay una muy sencilla y hermosa. Había una vez un pordiosero que como fruto de su mendicidad había logrado reunir un saco de trigo. Un día le sale Jesús al encuentro, le dice que tiene hambre y le pide un granito de trigo.

El mendigo no advierte la real identidad de su interlocutor. Abre entonces la bolsa que lleva consigo, mira su contenido con ojos codiciosos, toma cuidadosamente un grano de trigo -¡ni uno más!-, se lo da al hambriento y sigue su camino. Luego de cierto tiempo, sintió deseos de volver a contemplar el interior de aquel saco ¿Y que halló adentro? Una pepita de oro. El grano de trigo que regaló se había convertido en una pepita de oro. Se imaginan lo que pensó entonces nuestro mendigo: “¡Dios mío! ¡Que vuelva aquel caminante hambriento! ¡Le daré todo el trigo que llevo con-migo!”

¿Qué nos dice esta parábola? Su significado está al alcance de la mano: hay que aspirar seriamente a un perfecto aban-dono en Dios, a una perfecta entrega a Dios. Si queremos encontrar realmente a Jesús, entonces -como en todo amor - hay que desprenderse de sí mismo y entregarse por entero. No se puede eludir ese desprendimiento y entrega. Si no luchamos por una entrega total y una entrega total, el Señor no podrá ingresar en nuestro interior, porque allí el lugar estará ya ocupado.