6. oct., 2017

DOY MI VIDA PORQUE LO QUIERO

P. José Kentenich

 

San Juan nos refiere unas palabras del Señor, de gran significado, que nos dan la clave para la comprensión de la tragedia y gloria en la vida del Redentor. Las palabras aparecen en el capítulo 10, 17-18. Leámoslas lentamente y procuremos extraer, palabra por palabra, su profundo contenido:

“El Padre me ama, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre".

Respetuosamente nos inclinamos ante la grandeza divina del Mesías, quien, con plena, personal y libre autodecisión, se entrega a su pasión y muerte.

 “Porque lo quiero”, así resuenan sus palabras. “Porque lo quiero”, así atestigua cada latido de su corazón. Los verdugos quieren tomarlo prisionero y antes de entregarse, manifiesta una vez más su completa independencia frente al odio de ellos y a sus cadenas. Su palabra poderosa los arroja al suelo. Cuán fácilmente pudo haber huído, como tantas otras veces. No lo hace. Su hora ha llegado. Su Padre le dio la libertad de humillarse, de entregarse o de huír, de doblegarse ante sus enemigos. Cristo renuncia a su poder divino y permite que los poderes del infierno sigan adelante con su juego. Pero antes anuncia al mundo, amigos y enemigos: "Porque lo quiero".

"Porque lo quiero", lo confirma cada rasgo de su cara, cada movimiento de su cuerpo. Siempre sale de El una dignidad majestuosa. Sólo una humanidad totalmente masificada desconoce esta dignidad y se burla de El, tratándolo indignamente, colmándolo de blasfemias. Le dan bofetadas. Cristo se presenta ante ellos erguido, con firmeza y seguridad, domina la situación. Si yo he hablado mal, manifiesta lo mal que he dicho; pero si bien, ¿por qué me hieres? (cfr. Jn18, 23).

En cualquier momento El puede inutilizar a sus enemigos. No lo hace. Su hora ha llegado; sufre porque El lo quiere.

Azotan su cuerpo puro e inocente de un modo indigno. Se retuerce bajo los violentos azotes, gemidos de dolor brotan de sus labios... Pero la dignidad divina que, a pesar de todo, irradia toda su persona, pregona claro y preciso: me han entregado a los verdugos porque yo así lo quiero.

Herodes quiere jugar con El; le reviste de vestiduras ridiculizantes; los soldados perfeccionan este juego, le ponen una corona y un cetro como burla. Pero la dignidad majestuosa de todo su ser proclama con voz cada vez más fuerte: “porque lo quiero”.

El gobernador romano quiere intimidarlo. Con gran asombro y admiración había observado la tranquilidad inigualable del acusado, en medio de la ira y locura de la masa. También frente a él, representante del poder romano, un silencio elocuente. Por eso hace alarde de su poder: “¿no sabes que tengo poder para soltarte o para crucificarte?” (Jn 19, 10).

La respuesta no es un gemir y suplicar. No, el reo permanece siempre como “Señor”. También cuando exteriormente parezca sucumbir. Todo en El exclama: ¡Porque lo quiero! Así también se interpretan las palabras de advertencia y la amonestación que dirige en este momento a Pilato: "No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba" (Jn 19, 11).

Solemnemente da testimonio de su divinidad ante la autoridad instituida por Dios y sin quebrantamiento psíquico, aunque sabe que le ha de costar la vida. “Tú lo dices, yo soy”. Entonces crece su figura, todo en El se yergue hacia arriba. En El irrumpe una invencible autoconciencia de su divinidad y de su misión, cuando dice: “a partir de ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Padre y venir sobre las nubes del cielo” (Mt 26, 64).

En efecto, El sufre porque quiere, muere porque quiere y resucita glorioso de entre los muertos, porque quiere ¡Porque quiere! Y ¿por qué lo quiere? Porque el Padre así lo desea ¿Y por qué desea el Padre esta cruel pasión y muerte de su Unigénito? En interés de la redención objetiva y subjetiva. ¿Estamos convencidos que la redención del mundo había de venir de Israel? Entonces comprendemos por qué el Redentor limita su actividad a este pequeño pueblo y país. Israel había de desempeñar, en la economía de salvación, un rol similar a Adán en el principio de la historia del mundo. Su “sí” o su “no” debía determinar esencialmente la redención. Ahí estamos ante el gran misterio del entretejimiento de destinos humanos ¡Cómo habría sido la redención y qué frutos habría dado si Israel se hubiera entregado al Mesías con amor y fe!

¿Y si el Redentor hubiera obrado públicamente, no tres sino diez, veinte, treinta años, acompañado del reconocimiento y el amor incondicional de su pueblo? El, de quien dice la Sagrada Escritura: ¡crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres! Si este desarrollo de su poder divino hubiera crecido con los años, ¡cómo se habría asemejado entonces el mundo redimido al paraíso! Se habría cumplido así, al pie de la letra, la gran visión del profeta Isaías, señalada en el capítulo 11, 6-9. Ahí dice: “Serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá…".

Con esto comprendemos claramente la terrible responsabilidad del pueblo elegido. A la primera caída de Adán siguió la segunda de Israel. Por una libre decisión, en su gran mayoría, Israel se negó a seguirle. Pero ¡Las obras de Dios son perfectas! Lo que Dios ha determinado y empezado, lo continúa también victoriosamente hasta el final.

Hemos preguntado: ¿por qué el Padre deseaba la pasión, muerte y resurrección de su Hijo? Conocemos la respuesta. Después que Israel se hubo decidido libre e impíamente en contra del Mesías, el Padre quiere y desea el gran orden de la cruz transfigurada para que se realice la Redención objetiva y subjetiva. Desde entonces el orden de la redención es el orden de la cruz transfigurada. Y a nosotros no nos es fácil comprender bien el misterio de la cruz, del signo de la redención; a nosotros, que caminamos en la luz del Resucitado glorioso y bajo el influjo del Espiritu Santo, descendido sobre la Iglesia en el Cenáculo. ¿Cómo iban a comprenderlo los pobres apóstoles que aún no recibían el Espíritu Santo? Todo en ellos se resiste y se opone a la cruz: el judío, el varón, el ser humano. En vano Cristo se había esforzado en destruir la falsa imagen del Mesías que tenían. No lo consiguió. Sólo la venida del Espíritu Santo fue obrando, lentamente, un cambio en este punto.