6. oct., 2017

TRES GRANDES VERDADES

 P. José Kentenich

(en «La Santísima Trinidad»)

 

  “No la voluntad, sino Dios. No el alma, sino Dios. No el oído, sino Dios. No el olfato, sino Dios. No el gusto ni el habla, sino Dios. No el aliento, sino Dios. No el corazón, sino Dios. No el cuerpo, sino Dios. No el aire, sino Dios. No la comida ni la bebida, sino Dios. No la vestimenta, sino Dios. No las cosas temporales, sino Dios. No las riquezas, sino Dios. No las honras, sino Dios. No las distinciones, sino Dios. No la dignidad, sino Dios. No las promociones, sino Dios. Dios en todo y Dios siempre.”

 (San Vicente Pallotti)

 

¿Se dan cuenta? En realidad así tendría que ser también el sentido de nuestra vida. En esa dirección tendríamos que desarrollarnos siempre de nuevo, elevar siempre las manos hacia el ideal. Pero si tuviese que indicar mejor el camino para llegar a esa entrega total al Dios que vive actualmente, que habita en nosotros, que nos ha asumido íntegra y totalmente en sí, que nos ha atraído hacia sí; pienso, entonces, que debería sugerirles los siguientes pensamientos para la vida práctica.

 

Primero: debemos convencernos de las grandes verdades: Dios es una realidad.

Y esto tiene hoy en día un gran significado. Dios, una realidad, sin más. Ustedes saben por qué: porque el hombre actual percibe tantas cosas intermedias entre Dios y él mismo, que se queda en ellas. Ustedes saben, además, qué difícil es hoy percibir a Dios en la vida cotidiana, también en la historia del mundo. Pareciera con frecuencia como si Dios durmiese; pareciera a menudo como si Dios hubiese puesto en manos del demonio el cetro del acontecer mundial. Pero no es así, por eso convencernos: Dios es una realidad.

 

Segundo: Dios es una realidad personal.

Una persona, algo personal, no un "algo", sino un "tú", un tú personal, sí, hasta tri-personal: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Tres Personas y un Dios. Si queremos cultivar una relación de amor con Dios, obviamente no podemos dejar de grabarnos, una y otra vez, estas verdades.

 

Tercero: Dios es una realidad ineludible.

¿Qué quiere decir esto? Escuchemos al salmista (Salmo 139):

 

Señor, tú me sondeas y me conoces,

tú sabes si me siento o me levanto;

de lejos percibes lo que pienso,

te das cuenta si camino o si descanso,

y todos mis pasos te son familiares.

 

Antes que la palabra esté en mi lengua,

tú, Señor, la conoces plenamente;

me rodeas por detrás y por delante

y tienes puesta tu mano sobre mí;

una ciencia tan admirable me sobrepasa:

es tan alta que no puedo alcanzarla.

 

¿A dónde iré para estar lejos de tu espíritu?

¿A dónde huiré de tu presencia?

 

Si subo al cielo, allí estás tú;

si me tiendo en el Abismo, estás presente.

Si tomara las alas de la aurora

y fuera a habitar en los confines del mar,

también allí me llevaría tu mano

y me sostendría tu derecha.

 

¿Qué es esto? Dicho teológicamente: “omnipresencia divina”. Significa: Dios está en todas partes: en el cielo, también en la tierra, también en el infierno; en todas partes donde hay algo creado ¿Cómo está El en todas partes? Por su poder, por su ciencia, por su esencia. Verdades teológicas, filosóficas, que quieren grabarse en nosotros y ser objeto de estudio, de meditación, de amor y de vida. Por tanto, no quedarse detenidos en cosas periféricas. Dios es una ineludible realidad personal.

Sí, ineludible. Piensen en los otros modos de presencia de Dios, en la presencia eucarística, en la presencia sacramental. También cuando estoy de rodillas ante el sagrario, cuando estoy sentado allí, delante del sagrario, es siempre lo mismo: aquí está Cristo, el Verbo encarnado, realmente, en forma real; El está realmente presente. No es, pues, una idea vaga ¡Debemos colmarnos interiormente de esta realidad del Dios eterno e infinito que se hace presente de una u otra forma! ¿Se dan cuenta? Por eso es tan importante que giremos con la cabeza, el corazón y la voluntad en torno a Dios visto así, como Dios vivo, personal presente en nuestra alma.