6. oct., 2017

SI QUIERES SER AMADO, AMA

P. José Kentenich

(1938 en «Meta de la Existencia Cristiana»)

 

La cruz y el sufrimiento pueden ser considerados como un saludo de Dios. ¿Qué hacer cuando Dios nos saluda con la cruz y el sufrimiento? Le devolvemos el saludo. Esto vale especialmente cuando se trata de una cruz pesada e imprevista. A veces la vida es como un tren expreso que va a toda velocidad por el campo. De pronto se llega a un lugar donde hay un tramo de las vías que está defectuoso. Dios, en su bondad, se encarga de que en el último momento sea posible una “maniobra de agujas” (las agujas son un par de rieles movibles que sirven para que el tren cambie de vía). El tren experimentará un fuerte movimiento, pero los pasajeros quedarán ilesos, a lo sumo con algún golpe. Aplicado a la vida: es muy valioso acostumbrarse a contemplar la vida hacia atrás y darse cuenta cómo Dios en muchas ocasiones ha “maniobrado con las agujas de mi vida”. Recordemos siempre una cosa: Dios nos ama. Y nosotros queremos regalarle nuestro amor.

San Pablo lo expresó muy bellamente: “Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman”. Respondamos a la cruz y al sufrimiento con un amor más ardiente porque cruz y padecimientos son saludos de Dios. Esto vale también cuando surgen dificultades. Dios tiene propósitos muy determinados con tales dificultades. Quizás no lo veamos pero Dios ha trazado no sólo un plan universal sino también el pequeño plan de nuestra vida. Día a día va guiando la vida del individuo y de la comunidad. Sólo hace falta una cosa: amar a Dios.

Con la cruz y el sufrimiento Dios además nos hace un don de amor y una invitación al amor. ¿Seremos capaces de concebir así la cruz y el sufrimiento, como don e invitación? Dios envía las cruces por amor. ¿Qué busca con ello? Que nosotros también le hagamos un regalo. El amor es quien nos ha dado la cruz. Por eso debemos responder a la cruz con amor.

A lo largo del día pensemos más en Dios, contemplémoslo en las horas de cruz y sufrimiento, hablémosle con sencillez. Nuestra alma desea desahogarse. Es una vergüenza que andemos mendigando amor de puerta en puerta y nos olvidemos de este Dios del amor. Conversemos con sencillez con El, con la mayor sencillez que nos sea posible. Una oración que no tiene por qué estar patentada ni dotada de indulgencias. Hablemos con Dios de manera original, con nuestras propias palabras. Que ese diálogo sea lo más sencillo, fervoroso y frecuente que sea posible. Esos pequeños saludos de amor multiplican y simplifican el vivir con Dios.

Confiemos en la protección inconmensurable de Dios. En todo momento recordemos que Dios nos ama como a la pupila de sus ojos. La Santísima Virgen dijo: “porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso”.  Y San Pablo, espíritu grande, mente clara, no se cansa de decir: “Dilexit me”, él me amó.

El instinto más hermoso del corazón humano, el original, es el de amar. ¿Qué hacer para suscitar en mí el amor? Recordemos una ley muy importante. El instinto de amar se suscita en la medida en que uno mismo se crea y sienta amado. Ya lo sabían los antiguos romanos, y lo formularon así: “Si quieres ser amado, ama”. Dios ha grabado esta ley en el corazón del ser humano y él mismo la cumple. Quiere ser amado, por eso quiere darnos su amor a raudales.

Nuestra tarea es decirnos cada día: Hoy Dios quiere derramar su amor sobre mí. Y lo seguiremos creyendo aún cuando nos envíe cruz y sufrimientos. Todos los santos consideraban la cruz y el sufrimiento como un especial regalo de amor de parte de Dios. Algunos incluso se sentían tristes cuando transcurrían algunos días sin padecer alguna cruz especial. Preguntémonos una y otra vez, por ejemplo, al hacer el examen de conciencia: En este día que se acaba, ¿nos hizo Dios algún regalo que no le hayamos agradecido? Y le daremos las gracias. Examinemos cuándo experimentamos mayormente su protección a lo largo del día. Y no olvidemos nunca: Dios nos ama de verdad.