12. oct., 2017

EL CORAZÓN GLORIFICADO DE MARÍA ASUNTA AL CIELO

P. José Kentenich

(1951 en «Que surja el hombre nuevo»)

 

Hablemos del corazón de la Santísima Virgen. En este sentido ¡se dan cuenta de que el nuevo dogma de la Asunción nos debiera hacer estallar de júbilo interiormente? ¿Qué afirma el nuevo dogma? De por sí, la doctrina del alma glorificada no es nada nuevo. Todos los que han sido llevados a la contemplación de Dios pueden ver a Dios, gozan por tanto de la visión gloriosa de Dios. En el caso de la Santísima Virgen, es mucho mayor que en otros. En el nuevo dogma se trata sobre todo de la Asunción corporal al cielo. ¡Cuánta luminosidad se expande con este dogma, no sólo en cuanto al cuerpo, sino también en cuanto al corazón (Gemüt) de la Santísima Virgen!  Aquí debemos permanecer en el corazón  (Gemüt) glorificado de la Santísima Virgen en los cielos. Es justamente lo grandioso que anuncia el nuevo dogma. Junto a Cristo glorioso, está también la esposa glorificada, la “bendita entre las mujeres”, LA  MADRE  Y  ESPOSA  glorificada en cuerpo y corazón.

El corazón glorificado nos ha conquistado de tal forma que logra sanar lo enfermizo de nuestro propio corazón. El cuerpo glorioso  participa de las propiedades del alma glorificada. El cuerpo es vivaz, está enteramente espiritualizado. Tal como el espíritu puede transportarse como un rayo de aquí a América, así sigue el cuerpo glorificado esta correalidad del espíritu. Por eso también puede traspasar la materia. Además este cuerpo glorioso es incorruptible e inmortal.

Nos alegramos de saber que el cuerpo glorioso de la Santísima Virgen está en el cielo. Nos interesa saber sobre todo su corazón (Gemüt). Pensemos en las almas que ya alcanzaron la visión eterna, que contemplan a Dios cara a cara. La providencia divina ha dispuesto que puedan conocer y amar en el cielo. De por sí es algo muy peculiar, pues normalmente el alma necesita del cuerpo para operar sus funciones. Por tanto, las almas cuyos cuerpos aún no han resucitado no pueden amar a Dios con la afectividad (Gemüt), con el corazón, puesto que les falta la segunda parte esencial. Y he aquí que la Santísima Virgen asunta a los cielos con su cuerpo, puede amar a Dios con un cálido corazón (Gemüt).

Este corazón cálido es el que da precisamente a la naturaleza su encanto, la intimidad, la calidez, lo sublime, su aroma. Pienso que debiera destacar ciertas relaciones que nos llenen de júbilo. ¿Cómo nos representamos a la Santísima Virgen en el cielo? Dios vivo, Cristo, está justamente en lo suyo. No deben dejar de ver que el Redentor no es sólo Dios, es hombre también. Y porque es hombre quisiera no sólo amar con su corazón humano, sino que quisiera también ser abrazado, interiormente abrazado, aceptado por su corazón humano. Esta es bien la razón psicológica de por qué aquí en la tierra tantos corazones humanos palpitan por El, sea que oren, que trabajen o que sufran. Pero con esto – casi diría – la felicidad de Cristo, hombre y Dios – y oigan bien – la felicidad de Cristo no está completa. ¿Qué falta a su naturaleza humana en el cielo para la plenitud de su felicidad? Un corazón que – si ustedes quieren – en representación de toda la naturaleza y sociedad humana, un corazón que con infinito fervor lo abrace a El, el hombre – Dios.

Por esto nos alegramos de la Asunción de la “bendita entre las mujeres”. La felicitamos y le agradecemos que Ella, la cúspide de toda la creación le de a Jesús en nuestro nombre, el calor que nosotros no podemos aún regalarle.

Piensen también en la felicidad que empapa, que embarga íntimamente toda la naturaleza de la Santísima Virgen. Verdaderamente feliz y bienaventurada será la naturaleza humana cuando sea captada y penetrada por Dios totalmente: ¡no sólo entendimiento y voluntad llenos de El, sino todo el hombre, también su corazón, cogidos por Dios! Y con qué intimidad y calor rodeó a su Hijo aquí en la tierra el corazón de la Santísima Virgen. Así pueden calcular cuán profundos son los afectos del amor que brotan del corazón de la Santísima Virgen en los cielos y que se dirigen a Cristo – hombre-Dios, su objetivo.

¿Qué significa esta transfiguración del corazón en la visión beatífica, para nosotros aquí en la tierra? Necesitamos un corazón que nos comprenda. Necesitamos no sólo afectos de la voluntad; quisiéramos estar cobijados, tener apoyo en un corazón cálido. ¡Cuán feliz estará nuestra alma al decirnos que la Santísima Virgen, que ha sido madre nuestra, sigue siéndolo! Con los mismos afectos purificados, sobrenaturales y cálidos con que abraza a su Hijo, nos abraza también a nosotros. Somos el objetivo de su amor maternal cálido, transfigurado, sobrenatural.

Si aprovechamos la oportunidad para revisar en la Sagrada Escritura la vida histórica de María, encontramos situaciones en las cuales la Santísima Virgen expresa su cálido afecto, como en las Bodas de Caná (45). Pero la intimidad con que nos rodea desde el cielo, es ilimitadamente más amplia de lo que pudo ser aquí en la tierra. ¿No queremos, por lo tanto, depositar nuestras necesidades, sean de tipo material o espiritual, con profunda y sencilla confianza, en sus manos, en su corazón?

Su asunción corporal a los cielos y su corazón glorioso significan, en último término, una cierta globalización de los grandes planes de Dios con el mundo. Hablamos anteriormente de la Santísima Virgen como símbolo de la Iglesia. Si bien previnimos de separar el carácter simbólico de los valores y leyes propios de la personalidad, pienso que ahora debemos insistir en que no debemos pasar por alto el carácter simbólico.