12. oct., 2017

LA MEDITACIÓN

P. José Kentenich

(en M. Anette Nailis «Santidad del día del Trabajo»)

 

Es cierto que en la niñez hemos aprendido a rezar, la mayoría de las veces sobre las rodillas de la mamá. Ella juntaba nuestras manos y nos enseñaba a hablar de manera infantil con Jesús, nuestro Salvador y con su queridísima Madre.  Se trataba en la mayoría de los casos de oraciones vocales, que aun hoy nos gusta repetir; pero hay además otra manera de rezar. En ella no hablamos con Dios con los labios sino con nuestras facultades interiores; esta es la oración contemplativa o meditación.

Santa Teresa dijo una vez que Jesús había señalado: “Prométeme dedicarte un cuarto de hora diariamente a la meditación y yo te prometo el cielo”.

Para el Santo de la vida diaria, la meditación es estar solo con Dios; tener audiencia particular con Él.

El Santo Cura de Ars nos cuenta que todos los días encontraba a un campesino en su iglesia; entonces él se paraba atrás y lo observaba, pero nunca pudo ver que moviera los labios. Por eso quiso interrogarlo para saber qué es lo que realmente hacía allí. La sencilla respuesta, una respuesta de amor, fue: “Yo lo miro, y él me mira”. 

Una joven madre sobrecargada de trabajos me contaba que cuando se lo permitía el tiempo, huía de la inquietud y entraba en el Santuario de la Madre Tres Veces Admirable de Schoenstatt, y estando allí no sabía hacer nada mejor que mirar silenciosamente e insistentemente la imagen de la Madre con su Hijo repitiendo en su interior siempre sin cesar las palabras: “Tú eres mi Madre, yo soy tu hija”.

San Francisco de Asís pasaba noches enteras clamando: “¡Dios mío y mi todo!”; Francisco Javier no se cansaba de repetir siempre: “¡Oh, Santísima Trinidad!”.  El alma de San Ignacio podía descansar en la frase: “¡Dios sólo y en todo!”. No son otra cosa estas oraciones que una forma muy profunda de la oración interior o de la meditación.

 

El Santo de la vida diaria conoce también un método apropiado para todos los días.  Primero mira a Dios y se deja mirar por El. Para él este Dios no es un Dios lejano, sino un ser afectuoso que se encuentra muy cerca. Habla como un niño con su padre bondadoso, como un caballero con su gran rey. Habla como el amigo al amigo,  como yo persona al gran Tú divino.  Cuanto más sencilla sea esta conversación, tanto mejor.   El  tema  de la conversación no es un tema piadoso sacado de un libro de meditación. El tema es lo que me ha pasado o lo que me pasa hoy. Todo lo que significó este o el día anterior con sus trabajos y penas, alegrías, sorpresas y acontecimientos,  todo esto lo repasa a la luz  de Dios.

Hablar con Dios es rezar.  Muy cerca de Dios, vuelve a ver todo lo que impresionó a su alma. Si se trató de una hora dolorosa, vuelve a sufrir otra vez, y como dicen los místicos, deja sangrar su corazón en el corazón bondadoso y amoroso de Dios Padre. Si se trató de alegrías, grandes o pequeñas, vuelve a agradecerlas a su Dios que se las dio.  Con toda sencillez cuenta a Dios lo que le ha pasado.

En lugar de repasar con el corazón lo pasado, se puede también anticipar con el corazón el día que ha de venir.  Puedes hablar con Dios sobre el día que se aproxima y pedir ánimo para lo que probablemente tendrás que enfrentar.   Si  luego  viene algún problema, no lo hallarás  difícil  porque  el alma ya adoptó la actitud adecuada. Así lo difícil está anticipado en Dios y aceptado de antemano.

Es así como un cuarto o media hora de meditación es muy valiosa. Muchos hombres dejan padecer a su alma hambre y sed, y la dejan permanecer en la miseria, porque tienen rara vez la ocasión de estar con Dios.  “Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Dios”,  dice San Agustín. Muchos hombres trabajan sin descanso; pero se engañan a sí mismos.  No fue creada nuestra alma para trabajar sino para amar.  Todo trabajo, incluso el trabajo apostólico, es infecundo a la larga si no se efectúa con una íntima unión de amor con Dios.