12. oct., 2017

"SIMPLE"

P. José Kentenich

(1937 en «Niños ante Dios» Adaptación Conf. 8)

 

Mediten sobre el significado de la palabra “simple”. Simple significa “uno” que no tiene pliegues ni dobleces. Y así es el niño, aunque, por supuesto, de manera relativa.

La manera de pensar y de amar del niño se caracteriza siempre por la sencillez y la fidelidad. La manera de hablar del niño se distingue por la veracidad, por la falta de malicia… El niño desconoce toda diplomacia. Es curioso cómo se comportan los niños. Imagínense a una mamá y su hijo que están esperando la visita de la tía. El niño le cuenta a esta última todo lo que su madre le dijo sobre ella. Cuando la madre recibe a la visita diciéndole: “¡Ay, me siento tan contenta de que hayas venido!”, el niño la interrumpe y le dice: “¡No, eso no es cierto!”. El niño es en verdad relativamente sencillo y simple. En su manera de actuar, el niño es siempre sencillo, veraz.

En alguna ocasión hemos hablado de la sencillez y simplicidad de Dios Padre, de cómo El es “sin doblez”; de ahí que ahora tengamos todo el derecho de aplicar ese “sin doblez” al concepto “simplicidad”.

Nosotros, seres humanos que estamos tan por debajo de la majestad divina, ¿de qué manera podemos llegar a ser semejantes al Padre? Para obtener una respuesta hay que recordar la eficacia que tiene todo amor auténtico y sano. ¡Ah! ¡Cuánta fecundidad posee el amor auténtico y sano! El que ama al Señor, se hace un solo espíritu con El.

¿Qué es el amor? El amor es una fuerza unitiva y asemejadora. Por lo tanto, si amo al Padre del Cielo, no sólo estaré íntima y espiritualmente unido a El de una manera misteriosa, sino que me iré haciendo cada vez más semejante a El, la imagen original de la sencillez, la inocencia y la simplicidad.

Para ser simples debemos logar el desasimiento

¿Qué implica esta simplicidad? Implica el deshacernos de todo lo que no sea Dios o bien esté contra El. Este desprendernos o alejarnos de lo que no es de Dios puede asumir dos modos: el desasimiento activo y el pasivo.

Activo: El desasimiento activo es el vencimiento de sí mismo y los sacrificios puestos en práctica de manera consciente y programada. Con el apoyo de la gracia, tengo que desasirme por mí mismo de todo lo que no sea bueno.

Pasivo: Quisiera destacar más el desasimiento pasivo que apunta al abandono total en los brazos de Dios, lo cual es muy difícil de vivir pues estamos hablando del dolor. En este punto hay que aclarar que las cruces tanto personales, como las de la sociedad, no son algo querido por Dios, sino que han sido introducidas en la creación por el pecado original, porque el dolor es otra forma más del desorden que se introdujo en nuestra naturaleza. Lo que sí es cierto es que Dios permite estos dolores, que también podría evitar, pero lo hace porque sabe que de ellos puede sacar algo bueno para mí.

Dios, nuestro Padre del cielo, toma en su mano la podadera y trabaja sobre nosotros. El Padre poda su viña para que ésta dé más fruto. ¿Qué tenemos que hacer en nosotros? Hay que soportar en silencio y repetir: “Sí, Padre, haz con tu hijo lo que Tú quieras”.

Lo mismo experimentamos muchas veces en torno nuestro, en acontecimientos dolorosos que suceden en el mundo como por ejemplo un desastre natural, leyes injustas, crímenes, hambruna, etc. Suele hablarse de los “enigmas insolubles” del acontecer mundial, misterios que no son fáciles de descifrar. ¿Por qué sucede o sucedió tal o cual cosa? Si cultivo una fe sencilla en la Divina Providencia y la expreso permanentemente en ese simple y filial “Sí, Padre” tendré prácticamente solucionados todos esos misteriosos enigmas. “Es el Padre quien lo envía”...y esto es suficiente para un niño sencillo, No hace falta que yo, simple niño, tenga una explicación racional sobre la relaciones internas de lo sucedido. Sólo sé que todo lo que me pasa en cada momento ha sido previsto por Dios Padre; o bien me lo envía directamente o bien lo permite.

El niño sencillo tiene en este “Sí, Padre” la solución de todos los enigmas. Sólo basta repetirlo minuto a minuto. Cada instante es una invitación a pronunciarlo. No hace falta torturarse continuamente preguntándose obsesivamente sobre los porqués de tales y cuales cosas.

Mediten sobre la santidad que se esconde en esta sencillez, ¡son cumbres de santidad! Ya vendrá el momento luminoso en que se despeje el cielo; mientras tanto debo repetir “Sí Padre”, Dios escultor, dame golpes de cincel, yo soy la piedra. Dios escultor, esculpe que soy tu hijo Tú lo sabes todo- Tú simplemente has visto, oculta en mí, una figura a esculpir, una secreta obra de arte. Esculpe que soy tu hijo. Si me resisto, si digo no, comenzaré a empuñar yo mismo las riendas de mi destino, y eso puede ser peligroso. Tomar en nuestras manos nuestro propio destino en contra de la voluntad de Dios es lo peor que puedo hacer.

Les propongo una consigna que expresa en simples palabras todo un mundo de fe: mi preocupación más grande debe ser vivir cada segundo infinitamente despreocupado. Esto no es una trivialidad. ¿Por qué? Porque reafirma la fe de que es el Padre quien empuña el timón de mi vida.

La cumbre de la simplicidad consiste en la concentración de todas nuestras fuerzas en Dios, del desprendimiento de todo lo que no sea o esté contra Dios. Si no nos hacernos como los niños… Dios no podrá utilizarnos como sus instrumentos.