12. oct., 2017

SACRIFICIO

P. José Kentenich

(1937 en «Niños ante Dios» Adaptación Conf. 8)

 

Simplificando las cosas, podríamos decir que existen dos maneras de hacer sacrificios: asumir los que se nos impongan y hacer renuncias para autoeducarnos.

a) Asumir los que se nos impongan

Se da cuando alguien, por ejemplo los padres, un profesor, un hermano mayor, me pide algo que claramente me cuesta realizarlo, pero que por obediencia – y ojalá por amor – lo voy a hacer. Esta semana tengo un examen y para mí estudiar siempre ha sido difícil; como es mi responsabilidad lo voy a hacer pero como un verdadero sacrificio por lo mucho que me cuesta. Mis papás no van a estar esta tarde y yo como hermano mayor tengo que preocuparme de mis hermanos menores; hubiese querido hacer otra cosa pero me inclino ante esta solicitud y trato de realizarla lo mejor posible; claramente aquí también estoy haciendo un sacrificio.

Cuando Dios me envía un padecimiento puedo responderle de diferentes maneras. Cada una de estas respuestas define una actitud distinta frente a la cruz:

-        Fiat voluntas tua, hágase tu voluntad! (Mt 6, 10);

-        Deo gratias, ¡gracias a Dios!;

-        Sitio, ¡tengo sed! (Jn 19, 28).

¿Hacia cuál de estos tres grados de sacrificio tengo la valentía de aspirar? Creo que en general no hay que contentarse con el simple “hágase tu voluntad”, ya que ello indicaría escasas energías en nosotros. Cuando venga la cruz y dolor, deberíamos decir, por lo menos: ¡Deo gratias! En cuanto al tercer grado, no sé si nos animamos a aspirar a él tan rápidamente pues implica pedir a Dios de corazón, que si está en sus planes, permita para mí sufrimientos y dolores porque a través de ellos puedo asemejarme más al Crucificado y colaborar con Él -como María- en la obra de la Redención.

b) Hacer renuncias para autoeducarse

Nuestros sacrificios tienen que ser “esclarecidos”, es decir, tengo que entender por qué lo estoy haciendo y no simplemente hacerlo. Se habla de un “sacrificio orgánico” en oposición al “sacrificio mecánico”. Orgánico quiere decir que mi renuncia o la exigencia que me pongo tiene que tener sentido, tiene que servir para algo y tiene que ser, sobretodo, agradable a Dios. Mecánico quiere decir justamente lo contrario. Es como un acto vacío de sentido en el cual no sé bien por qué lo estoy haciendo ni para qué sirve y claramente no me da alegría ni a mí (el masoquismo no es alegría verdadera) ni a Dios.

En la elección de los sacrificios, tenemos que poner particular énfasis en aquello que las motiva, que debe traer siempre como consecuencia el ennoblecimiento de nuestra naturaleza, como por ejemplo: el fortalecimiento de nuestra voluntad, el desarrollo de nuestra servicialidad, el aumento de nuestra caridad, el aumento de nuestra felicidad, la paz interior, etc. En el fondo, el que realiza sacrificios orgánicos es el “santo alegre” pues ya sabemos que “un santo triste es un triste santo”, es decir, no es santo.

 

Agere Contra. En la escuela de la autoeducación a la cual nos invita Schoenstatt existe un principio tomado de San Ignacio de Loyola y que éste lo expresa en latín diciendo: agere contra (actuar en contra).

Tomemos aquel ejemplo tan conocido de Aristóteles: si tengo una vara fuertemente torcida hacia la izquierda y quiero enderezarla, habré de doblarla con mucha energía hacia la derecha. Supongamos que yo posea una marcada inclinación a la prepotencia, o a la sensualidad, o a sentimientos de antipatía. En este último caso, no hay que contentarse con propósitos tales como: “La próxima vez seré muy amable con esta persona”; o bien: Cuando rece ‘Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores’, recordaré a fulano y mengano’. Tampoco basta con decir: “Yo no le deseo ningún mal, pero mejor que no se me cruce”. “Le brindo mi sonrisa, pero no lo dejo pasar de allí”. El agere contra debería consistir más bien en ser más amable que lo usual.

Es importante que cuando practiquemos el agere contra seamos prudentes y no tomemos actitudes que parezcan falsas y que hagan pensar al otro: “Seguro que este tiene algo en contra de mí, de otra manera no sería tan simpático”. Tampoco hay que proponerse una práctica permanente del agere contra, pues sería agotador. Y lo más importante: recordar siempre que todo debe estar movido por el amor; precisamente porque el sacrificio sin amor nos destruye. Y a la inversa: un amor que no se alimente de sacrificios es infantilismo e inmadurez. Recordemos que todo verdadero amor necesariamente es sacrificado.

Veamos otro ejemplo. Supongamos que yo sea muy melancólico (con una fuerte tendencia a la tristeza) y que por lo tanto tenga la tendencia a retirarme cuando me veo invadido fuertemente por la pena. Vale decir, que tengo una predisposición a ser poco comunitario y a amar en exceso la soledad; pero naturalmente doy por sentado que esa soledad no es una soledad llena de Dios, sino de mí mismo.

Para un temperamento melancólico, el mejor sacrificio sería el de cultivar la vida en comunidad, por ejemplo, con su familia y sus amigos, pues esto es a la vez, un verdadero sacrificio para él (porque le cuesta mucho) y además una fuerte autoeducación de su temperamento (porque lo protege de caer en depresión).

Los sacrificios son un medio para reencauzar y perfeccionar nuestra naturaleza. Según nuestra concepción de las cosas, el hombre más sobrenatural debería ser precisamente el más natural, es decir, el hombre que está más unido a Dios es el hombre que más humano es. El mejor ejemplo de esto es Cristo mismo quien estando plenamente unido a su Padre no tuvo vergüenza de llorar cuando su amigo Lázaro murió, ni de enojarse cuando los comerciantes transformaron el templo en una cueva de ladrones, ni sucumbir cuando se vio abandonado en el Huerto de los Olivos. El más santo es también el más humano y con esto “corona” todos los afectos, realidades y situaciones humanas, no despreciando nada..