12. oct., 2017

TRATO CON DIOS

P. José Kentenich

(1937 en «Niños ante Dios» Adaptación Conf. 7)

 

Al observar cómo una persona sencilla y honesta trata con Dios, me doy cuenta de lo siguiente: en primer lugar, mira con frecuencia a Dios a la luz de la fe; en segundo lugar, habla a menudo con Dios; y, por último, realiza por amor a Dios muchos sacrificios.

a. Mirar con frecuencia a Dios

Con el simple pensar frecuentemente en Dios es muy poco lo que se logra. Santa Teresa de Avila, decía: “Orar no es otra cosa que tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”. “No os pido más que le miréis...mirad que no espera otra cosa sino que le miremos”.

¿Cómo llega la gracia de Dios hacia nosotros?

La fe no es ante todo una semilla que procede del interior del alma y se gesta y germina allí. No; la fe es un bien en sí mismo, acabado, que ha sido confiado a la Iglesia. Jesús eligió a sus discípulos, a sus enviados, los sacerdotes y obispos, para que reciban el don de la fe y lo transmitan. En este sentido es necesario que la semilla de la fe sea depositada en nosotros desde afuera. Esta gracia ha descendido también a nosotros en abundancia. Pensemos en nuestros padres y profesores; y en los libros de religión; ¡qué hubiese sido de nosotros sin esos medios! Fue necesario que hubiese alguien, un mensajero de Dios, que nos saliese al encuentro y nos transmitiese objetivamente las verdades de la fe. 

Qué contrapuesto a esto aparece el argumento de algunos que piensan que hay que dejar a los niños que ellos solos decidan, que solos descubran en qué Dios quieren creer… Si nuestra familia ha recibido un tesoro, una herencia… es obvio que la quiere repartir y compartir con quienes más ama.

Pero esto solo no basta. Para que haya fe es necesaria también la gracia de Dios interna. La gracia de Dios externa ha descendido en gran medida sobre nosotros. Pero a veces ocurre que escuchamos la Palabra de Dios y sin embargo ella no conmueve nuestro corazón. ¿Qué hace falta para que esa palabra que yo escucho se haga vida en mi corazón? El Espíritu de Dios debe encender una luz en mi alma. Debemos contemplar el mundo de Dios a la luz de la fe.

Les recuerdo que esa luz puede ser implorada, luchada y conquistada a costa de muchos sacrificios. Está bien que estudiemos con dedicación; pero si no ofrecemos sacrificios llevados por un hondo amor a Dios, si no somos, al mismo tiempo, maestros de la oración, entonces no podremos transmitirles a los que nos siguen esa gracia divina que llevamos en nuestro interior.

Todo Movimiento Apostólico debe estar respaldado por un movimiento de sacrificios y de oración. No podemos olvidar esta reflexión cuando nos toca enfrentar la vida diaria. Necesitamos de capital de gracias y de un continuo estar de rodillas delante de Dios y de la Mater en el Santuario. Por esta razón y debido a la gran misión que tenemos, necesitamos estar respaldados por un “ejército de personas” que ofrezcan sacrificios y que recen de todo corazón para que, así, allá afuera podamos transmitir la gracia divina interna a muchos

Apliquemos ahora estas ideas a nuestro caso. Decíamos que tenemos que contemplar a Dios a la luz de la fe. ¿Cómo y dónde hacerlo? Hay que contemplarlo en sí mismo y allí donde El nos salga al encuentro. ¿Dónde está Dios? En el corazón del hombre en gracia; allí lo contemplaremos a la luz resplandeciente de la fe. Llegamos así a la ley del hacer transparente todo lo creado. En virtud de la luz de la fe podemos mirar a través del hombre como a través de un cristal, y vislumbrar en su corazón al Dios Trino. A la luz de la fe percibirnos a Cristo en el tabernáculo y contemplamos su presencia. Sólo la luz de la fe da calor y claridad; con el puro pensar mecánico no se alcanza la meta. Preguntemos a nuestros padres y abuelos, o a otras personas sencillas que aspiren a la santidad, cómo realizan esta simple y frecuente contemplación de Dios. ¿Qué nos responderán? Que lo contemplan en sus acciones. He aquí la fe simple en la Divina Providencia que tiene nuestro pueblo. Para el que cree con sencillez en la Providencia, todo lo que percibe es un regalo de amor y un pedido de amor del Dios eterno, bondadoso e infinito. Quizás la formulación correcta sea: Todo acontecimiento en y en torno de nosotros debe ser visto a la luz de la fe como un regalo y un pedido de amor por parte del Padre del Cielo.

 

b. Hablar frecuentemente con Dios

¿Saben lo qué es una jaculatoria? Esta palabra viene del latín “iaculari” que significa “arrojar”. Se habla de una jaculatoria para referirse a una oración fervorosa de corta duración, por lo tanto una frase que es fácil de “arrojar”, “lanzar” al paso. Por ejemplo, a San Ignacio de Loyola le gustaba repetir constantemente: “Mi Señor y mi Dios”. A Santa Margaría María de Alacoque: “Sagrado Corazón de Jesús en vos confío”. A José Engling: “Quiero ser todo para todos” y a San Vicente Palotti: “Ella es la gran Misionera, Ella obrará milagros”.

No hacen falta que las jaculatorias estén “patentadas”. Cada uno de nosotros puede inventar sus propias jaculatorias, pues a Dios le gusta mucho nuestra autenticidad y originalidad. Esa es una de las claves de la genuina infancia espiritual. Lo importante no es que se repita una determinada jaculatoria sino que ella sea expresión de nuestra actitud dialogante con Dios.

Pero tenemos que reconocer que somos muy superficiales y mecánicos en nuestro trato con Dios y que pocas veces le decimos cosas originales, oraciones y frases creadas por nosotros. Nunca será excesivo el acento que pongamos en tomar conciencia de que hay que hablar con Dios de manera original y auténtica, cada uno con sus propias palabras. También podemos desahogar nuestro enojo en la conversación con Dios, manteniendo siempre una actitud de respeto. Ojalá volviésemos a aprender a hacerlo... Eso es infancia espiritual. Así nuestra religiosidad irá despertando y creciendo quizás lenta, quizás rápidamente pero, sea como fuere, se revitalizará.

También en mi vida religiosa tengo que poner mucho énfasis en la meditación de las misericordias de Dios en mi vida, repasar gota a gota todo ese mar de misericordias divinas por mí. ¿De qué me sirve saber que Dios es bueno si nunca he experimentado que es bueno conmigo. Mi ocupación favorita será exclamar siempre: “¡Cuánto me amas, Dios mío! ¡Me amas como a las pupilas de tus ojos!”.