12. oct., 2017

PROCLAMAR LA INFANCIA ESPIRITUAL

P. José Kentenich

(1937 en «Niños ante Dios» Adaptación Conf. 2)

 

Al pronunciar la palabra “Cristo” en el mundo de hoy, ¿qué eco recibimos? Millones de hombres rechazan a Jesús, se incomodan al escuchar hablar sobre El, los argumentos basados en su persona parecen débiles, ven en Él una fantasía, un espejismo, una mera ilusión. Otros, en cambio, y nosotros nos contamos entre estos pocos, lo reconocemos como al Dios hecho hombre.

Este rechazo podemos verlo como una ventaja que nos ofrece nuestro tiempo y que nos obliga a reconocer que Jesús existe. Sin embargo, no es esto lo que nos motiva a seguirlo. La gran verdad que nos mueve a vincularnos a El y a apoyarnos en su persona y doctrina como sobre cimiento firme es que Dios me ama como a su hijo predilecto. Cuántos de nosotros hemos llegado a formular: ¡Qué sería de mi si no creyera y amara a Cristo y a la Mater!

Nosotros  reconocemos a Jesús como Dios y nos resulta evidente confesarlo como el Camino, la Verdad y la Vida.

-          El Camino: No hay otro, es singular, es el único camino. ¿Y cuál es el Camino de Cristo?: El de ser Hijo de Dios.

-          La Verdad: No hay otra, es singular, es la única verdad. ¿Y cuál es la Verdad de Cristo?: Que sólo siendo niños entraremos en el Cielo.

-          La Vida: No hay otra, es singular, es la única vida. ¿Y cuál es la Vida de Cristo?: Hacer sólo lo que le agrada al Padre.

Por eso queremos dar testimonio de Dios con nuestro ser y obrar en un tiempo en el cual El es tan ignorado y esto queremos hacerlo con heroísmo y según el ejemplo de Cristo y de María.

Respuesta del hombre de hoy

Detengámonos un poco y preguntémonos cuál es la respuesta que da el hombre de hoy a la pregunta: ¿A qué viniste a la tierra? ¿Para qué existes?  ¿Qué pasaría si saliéramos a la calle a decirle a todo el mundo: “Hemos venido para ser hijos de Dios”. Verán con qué rapidez se produce una increíble división en la opinión de la gente.

Hay unos que, al igual que nosotros, están convencidos que hacerse hijos de Dios es la expresión máxima de todo lo grande del cielo y de la tierra y el medio adecuado para superar las crisis de los tiempos modernos. Pero son relativamente pocos los que piensan y hablan así. El otro grupo, incomparablemente mayor, sacude la cabeza y exclama con desprecio: “¿infancia espiritual? ¿Ser niños ante Dios? ¡Eso es una caricatura del hombre actual!

No hace falta ir muy lejos para confrontarnos con esta actitud. Basta detenernos en nuestras propias filas católicas... ¡Cuántos católicos también rechazan esta idea! ¡qué será, entonces, asomarse al campo adversario! No sólo les parecerá raro sino que les producirá un gran rechazo. ¿Ser niño? ¿Qué significa eso? Cursilería, afeminamiento, infantilismo! Tómenle el peso a estos tres términos y verán cómo se formula: «La infancia espiritual es el enemigo mortal de la verdadera madurez; sólo el hombre “maduro” es capaz de dominar la vida». Pero no, esto no es así.

La misión de Schoenstatt: proclamar la Infancia Espiritual

La infancia espiritual es, además, el alma de nuestro Movimiento al cual Dios destinó desde la eternidad para que hagamos vida este ideal. Hay una frase popular que dice: “Delante de cada uno hay una imagen de aquello que debe ser y mientras no lo sea no gozará de paz completa”.

Esta frase nos sirve para entender que Dios tiene un plan de amor con cada comunidad y con cada persona y que no llegaremos a tener una plenitud de vida que incluye la paz y la alegría del corazón, sino nos preguntamos cuál es este plan y cómo podemos vivirlo y poner todo de nuestra parte para que esto se realice.

Lo que vale para cada  individuo vale también para la comunidad. Si Dios hizo surgir nuestra Familia de Schoenstatt  para que fuese mensajera de la infancia espiritual en el mundo de hoy, ella sólo alcanzará su plenitud entregándose plenamente por esta misión. Por lo tanto, resulta evidente que estamos comprometidos con toda el alma, -o al menos querernos estarlo- con el gran ideal de la infancia espiritual. Queremos colaborar a que sean cada vez más los que afirmen que la infancia espiritual es lo más grande en el cielo y en la tierra y el gran medio para superar las crisis del tiempo actual en el cual el hombre ha caído en la tentación de  creer que es capaz de forjar sólo, sin Dios, su propia felicidad. En el fondo vivimos en el tiempo de las grandes soberbias humanas que sólo podrán terminar siendo hombres y mujeres con una actitud de niños ante Dios.

No sólo queremos ser apóstoles de este mensaje sino que estamos convencidos que Dios ha llamado a Schoenstatt para vivir en plenitud este ideal.