12. oct., 2017

TODO O NADA

P. José Kentenich

(1937 en «Niños ante Dios» Adaptación Conf. 1)

 

Hoy nos hallamos en los umbrales del futuro; y tal como en el próximo tiempo se formen los frentes, así permanecerán probablemente por los siglos venideros. ¡Qué enorme, qué gran responsabilidad tiene que despertarse en nosotros! Ya no deberíamos llevar una vida acomodada en una época y sociedad acomodada, sino tomar en nuestras manos esa responsabilidad que nos compromete: “Nuestra acción de hoy y de mañana, nuestro compromiso heroico con un heroico movimiento de vida católico ejercerá una influencia importante sobre el destino de este tiempo y del mundo por los siglos venideros”. Lo que hacemos aquí, lo hacemos indirectamente por el mundo entero.

Aprovechemos esta ocasión para formarnos y modelarnos más que nunca como jefes heroicos de un heroico movimiento de vida católico. Con heroísmo y mediante nuestro ser y nuestro obrar, aprendamos a glorificar a Dios, al Eterno, al Infinito, al tan perseguido en la actualidad.

Recuerdo dos preguntas que en su momento le fueron dirigidas a San Bernardo de Claraval. Una fue planteada por su hermano menor cuando Bernardo quería ingresar al monasterio junto a otros tres hermanos y un tío: “Bernardo” -insistía el más chico- “¿A dónde vas?” Bernardo le dijo que tanto él como sus acompañantes querían dejarle la parte que les correspondía de la rica herencia paterna e ingresar al monasterio para servir por entero a Dios y ganar el cielo. El hermano menor se dio cuenta enseguida que para él aquello era un mal negocio y les dijo que no estaba de acuerdo con el trato, que no quería las sobras de este mundo sino buscar a Dios y servirlo.

Cuando nosotros decidimos pertenecer a Schoenstatt también hicimos una declaración de este tipo, directa o indirecta, implícita o explícitamente. ¿Adónde vas...? ¿Adónde fuimos? Queríamos buscar nuestro propio camino para glorificar a Dios, para servirlo, para entregarle todas nuestras fuerzas sirviendo a los demás.

La segunda pregunta que Bernardo solía dirigirse a sí mismo era: “Bernardo, ¿a qué has venido?”  ¿Acaso no sigue siendo actual esta pregunta? Podemos imaginarnos los ecos que despertaba esta pregunta en él: Era como una señal luminosa del faro de la eternidad, como un son de trompeta que aventaba toda mediocridad y negligencia del alma. Como hombre religioso que era, Bernardo experimentó que hay horas en las que nos sentimos paralizados y experimentamos el elemento animal que hay en nosotros con mayor intensidad. En esos momentos San Bernardo solía decirse: ¿Por qué has venido? ¿Quieres pasarlo bien? ¿Quieres una vida cómoda? ¿Has venido para rehuir las fatigas del mundo? ¡Bernardo! ¿A qué has venido?”  Creo que nosotros deberíamos plantearnos a menudo esta pregunta: ¿A qué vinimos? ¿Para qué entregamos nuestras fuerzas en la Juventud de Schoenstatt?  Hemos venido para aprender a glorificar a Dios, al Eterno, al Infinito, al hoy tan perseguido por el neopaganismo. Y a hacerlo con heroísmo y mediante nuestro ser y actuar.

No sé cuál de estos pensamientos destacar. ¿Hace falta decirles nuevamente por qué esforzarse hoy en glorificar a Dios con heroísmo? Les planteo un sólo pensamiento: Quien conozca el tiempo actual, sabe que en nuestros días toda mediocridad ya no sirve de nada, es un equipaje inútil que hay que arrojar por la borda. Quien haya captado cuáles son las corrientes ideológicas de este tiempo, se habrá dado cuenta que se está gestando una lucha gigantesca. Digámoslo sin rodeos: A través de sus secuaces, el demonio está realizando enormes esfuerzos para alcanzar su meta. En todas partes donde se mire se está exigiendo heroísmo. De ahí la urgencia de desechar toda medianía... ¡O todo o nada! ¿No creen que esto debería valer especialmente para una comunidad joven, con tantas y extraordinarias fuerzas juveniles?

Hoy quisiera cincelar con trazos más hondos la palabra “Dios” en nuestra alma: Dios el Eterno, el Infinito, a quien el neopaganismo quiere destronar. Tratemos de glorificar a través de nuestro ser y actuar a ese Dios a quien hoy tanto se persigue y blasfema. Pronunciemos la palabra “Dios” con mayor serenidad, con una actitud meditativa, íntima y equilibrada. Este es el Dios a quien debemos nuestro ser, El que mantiene continuamente nuestras fuerzas y quien en su conducción divina nos sostuvo en todo momento. Sí, esta noche meditemos cómo Dios ha sido sustento y cobijamiento de nuestra vida hasta ahora y cómo la quiere conducir en todo momento hacia las alturas.

De manera espontánea nos viene a la mente aquel pasaje del Antiguo Testamento:

“Escuchad pueblos, atended islas lejanas, el Dios que me llamó desde la juventud me dice: ‘ Mío eres tú, mío debes ser! ¡Quiero glorificarme a través de ti, quiero glorificar mi nombre en ti!” (Is 49, 1 y 43, 1-7).