12. oct., 2017

JESÚS NO QUITA NADA, LO DA TODO

P. José Kentenich

(En «Cristo es Mi Vida»)

 

Meditemos un poco sobre como cultivar un contacto más directo con Cristo. ¿Qué debemos hacer para llegar a Jesús?

1. ¿No piensan ustedes que con el paso del tiempo todos deberíamos aspiras a ser «pequeños Zaqueos» (cf. Lc 19, 1-10). ¿Qué hizo el buen Zaqueo para ver a Jesús?  Se subió a un árbol. Se adelantó a los demás, abandonó la multitud y buscó el camino hacia las alturas. Par encontrar a Jesús hay que vencer en nosotros la tendencia de masificación, buscar la soledad y abrazarla como una gran comunión de dos.

Examinemos nuestra historia de vida y comprobaremos con facilidad cuán a menudo Dios ha permitido que nos desilusionemos de todo lo terrenal. Y lo hace para que abandonemos la multitud y trepemos al árbol buscando la altura.

Si no abrazamos la soledad, si no salimos de la multitud, si no subimos al árbol y trepamos hacia lo alto, Jesús jamás se nos revelará diciéndonos: «Conviene que hoy me quede en tu casa».

A veces el entendimiento se nos oscurece. No nos extrañemos: estos vaivenes son algo natural. Dios los permite para que nos subamos  al árbol, para que no nos quedemos en la masa.

Meditemos cuantas veces encontramos realmente a Jesús cuando se nos concedió participar en su soledad, en su profunda soledad. Quizás no haya en la Sagrada Escritura palabras mas hermosas que aquellas de Jesús ante el Sanedrín: “Jesús seguía callado” (Mt. 26,63).

El Señor fue un gran solitario ¡Qué poco lo entendían!  Por su parte, los discípulos parecían no entenderlo en absoluto. A pesar de todas las palabras que dijera y de los milagros obrados, ellos no lo comprendían. A lo sumo una chispa momentánea de comprensión que pronto se extinguía.

Incomprensión absoluta… Es lógico que quienes comparten una experiencia semejante se unan… El Señor quiere atraernos hacia sí y para ello permite que nos desilusionemos, invitándonos a abandonar la masa por nuestra propia decisión o bien movidos por  las circunstancias que no nos dejaron alternativa.

 

2. Ser pequeño y humilde es un segundo camino, y particularmente hermoso, para cultivar un contacto más directo con Cristo. «Vengan a mi todos los que estén fatigados y sobrecargados, y yo les daré descanso» (Mt. 11, 28) … ¿Se dan cuenta de lo que esto significa? … Si queremos comprender al Señor, tenemos que hacernos pequeños tal cómo Él se hizo pequeño. “Se despojó de si mismo”. Se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz.

En resumen, si queremos comprender a Cristo, no sólo tenemos que abandonar la masa y ascender, sino -aunque suponga una aparente contradicción- descender, ser pequeños, sintámonos pequeños y aprendamos a experimentarnos frente a El pequeños y desvalidos.

 

3. Reconocer nuestra debilidad. Tan pronto comenzamos a hacernos “grandes”, nuestra “pequeñez” va desapareciendo y Dios se retira o, mejor dicho, ya no nos sentimos necesitados de redención ni de redentor. Esto último es muy significativo; porque sentirse necesitado de un redentor nos lleva al cultivo de una religiosidad verdadera y auténtica; nos impulsa hacia Cristo.

Cuando hayamos avanzado en edad, notaremos que no podemos redimirnos a nosotros mismos. Advertiremos además que lo que realmente podemos hacer es lo que nos enseña  Santa Teresita del Niño Jesús: extender los brazos y confiar en que Dios nos salvará.  La redención sólo es posible por la gracia. El medio más grande para llegar directamente a Jesús es ser pequeños, sentirnos desvalidos y necesitados de redención y de un Redentor.

La conciencia de la propia pequeñez nos preservará de caer en el mero cumplimiento, en la pretensión de ser siempre y a toda costa, “perfecto”. Porque esto acabará llevándonos, el día de mañana, a la irreligiosidad más errada: la de intentar redimirnos a nosotros mismos, de creer que podemos hacerlo todo.

No en vano Dios permite que experimentemos nuestras miserias. Su intención es que percibamos claramente nuestro desvalimiento y solo de El esperemos redención. Si nos preservase de los problemas mayores, de fuertes pasiones, correríamos el peligro de no sentir ya necesidad de redentor. Y terminaríamos pensando que sólo con nuestros propósitos podremos alcanzar estas metas, ignorando cuan frágil es nuestra naturaleza humana. Y así se irá extinguiendo la religiosidad, se ira perdiendo la infancia espiritual…

 

4. Todos algunas vez escuchamos el nombre de filósofo y poeta Rabindranat Tagore. Este pensador indio viajó mucho por Europa y luego escribió las memorias de esos años. Entre las parábolas que nos relata, hay una muy sencilla y hermosa. Había una vez un pordiosero que, como fruto de su mendicidad, había logrado reunir un saco de trigo. Un día le sale Jesús al encuentro, le dice que tiene hambre y le pide un granito de trigo. El mendigo no advierte la real identidad de su interlocutor. Abre entonces la bolsa que lleva consigo, mira su contenido con ojos codiciosos, toma cuidadosamente un grano de trigo ¡ni uno más!, se lo da al hambriento y sigue su camino. Luego de cierto tiempo, sintió deseos de volver a contemplar al interior de aquel saco ¿Y que halló adentro? Una pepita de oro. Se imaginan lo que pensó entonces nuestro mendigo «¡Dios mío! ¡Qué vuelva aquel caminante! ¡Le daré todo el trigo que llevo conmigo!»

¿Qué nos dice esta parábola? Su significado está al alcance de la mano: hay que aspirar seriamente a un perfecto abandono en Dios, a una perfecta entrega a Dios. Si queremos encontrar realmente a Jesús, entonces -como en todo amor- hay que olvidarse de sí mismo y entregarse por entero. Esto no se puede eludir. Si no luchamos por una entrega total y un desasimiento total, el Señor no podrá ingresar en nuestro interior, porque allí el lugar estará ya ocupado.