12. oct., 2017

SUFRIMIENTO GLORIOSO

P. José Kentenich, 1965

 

Cristo, el Señor, ha realizado la obra de la redención de los hombres y, mediante esto, la glorificación más perfecta del Padre, a través del misterio pascual. El Señor realizó la obra de la redención mediante su sufrimiento glorioso, su resurrección de los muertos y su ascensión a los cielos. Al escuchar esto pensamos que es algo evidente, que lo sabemos hace mucho tiempo. Pero pasamos por alto que aquí no se presenta sólo el sufrimiento del Salvador como causa de nuestra redención, sino también el gran misterio de su resurrección, de su glorificación y de su ascensión a los cielos. Jesucristo nos arrancó del poder del Demonio y nos entegó al Reino del Padre mediante su sufrimiento y muerte y también mediante su resurrección.

El acontecimiento de la redención puede remitirse a una biunidad santa e indestructible. Como consecuencia de ello tenemos que en nuestra vida práctica, no sólo hay que hablar acerca del misterio de la pasión, sino también sobre el misterio de la gloria. Esto quiere decir que debemos considerar no sólo la teología, la ascética y la pedagogía de la cruz y del sufrimiento, sino también la teología, la ascética y la pedagogía de una resurrección radiante de alegría…

Si queremos detenernos aquí un momento y mirar nuestra vida, entonces creo que tendríamos que decir que todo lo que pensamos con respecto a la redención, gira casi únicamente en torno a la cruz. Allí no existe una teología de la gloria, sino que únicamente una teología de la cruz. (…) Debiéramos recordar que no sólo debo ver la cruz, el sufrimiento del Salvador, sino también su gloriosa resurrección. Ambas son modelo para nuestra propia vida. Esta resurrección es tan causa de nuestra redención, como lo es la cruz del Salvador. Por medio del bautismo somos incorporados en el Misterio Pascual total, ¡En todo el misterio!...

Debemos y podemos considerar la Pascua como la prueba de la divinidad del Salvador, como la prueba de la divinidad del cristianismo.

Cuando pensamos en la resurrección, en la transfiguración, no necesitamos pensar sólo en el final de la vida. Tenemos la tarea de descubrir nuestra participación en la vida transfigurada del Salvador de modo pleno ¿Qué significa esto en detalle? Los teólogos nos hacen notar que las propiedades del cuerpo transfigurado del Salvador después de la muerte serán también, las propiedades de nuestros cuerpos transfigurados. Nosotros podemos ver en las propiedades del cuerpo transfigurado del Salvador las propiedades que mediante el bautismo, es decir, mediante la participación en el misterio pascual, recibe nuestra alma transfigurada.

¿Cuáles son esas propiedades aplicadas a mi alma? Si miramos en la Sagrada Escritura, encontramos allí diversos textos. Allí se dice: de pronto desapareció delante de sus ojos ¿Qué significa esto? Alude a una movilidad del alma, de mi alma transfigurada; movilidad, apertura para todo lo divino. Mi alma está alerta, se interesa por la vida del Salvador, por todo lo que nos dice la Sagrada Escritura, lo que nos dice el catecismo acerca de Dios.

El no sólo desapareció delante de sus ojos, sino que también, sin que ellos lo sospecharan, se introdujo a través de puertas cerradas al lugar en el que ellos se encontraban. Aquí se alude a la extraordinaria espiritualidad del alma transfigurada ¡Espiritual! Sabemos cuán duramente nos toca el dolor. Espiritualidad, el girar constante, el girar creyente, amoroso del alma transfigurada en torno al Padre Dios. Si tengo sentido para esto, si mi alma está alerta para lo divino, si ella gira en tomo al Padre Dios, si entiende al Padre Dios, si está dispuesta a aceptar todos sus deseos, entonces allí está actuando el resplandor de la transfiguración de mi alma que ha sido sumergida en mí ¿Cómo? Por el santo bautismo, que es la participación en el misterio pascual…

Después que el Salvador murió, su cuerpo transfigurado quedó inmune a la cruz y al sufrimiento. Aplicado esto a mi alma transfigurada significa que una alegría permanente debería animar al hijo de Dios que participa de la vida transfigurada del Salvador. Esto no necesariamente tiene que ser pura risa. (…) Conocemos ya la famosa frase de San Francisco: un santo triste es un triste santo. No queremos representar imágenes de Cristo triste ni a católicos tristes.  

Y una última gran propiedad del cuerpo transfigurado del Salvador: después que murió, no muere nunca más. Aplicado a mi alma: una cierta inmunidad contra la muerte del alma, contra el pecado mortal…

El final de la vida, el sentido de la vida es la resurrección. Por el bautismo, ha sido sumergido en nosotros el Salvador transfigurado como una semilla y nuestra tarea consiste no sólo en ser participantes en su sufrimiento, sino también la participación en su vida transfigurada. Por eso se dice que ser verdaderamente religioso no significa ser pesimista, sino optimista, creer en la victoria, creer en la soberanía de Dios sobre nuestra alma, y sobre todo el mundo.

¡Qué atractivos seriamos si no anduviéramos tristes sino diciendo claramente que somos redimidos! ¡Participamos en la vida gloriosa del Salvador y no sólo en su vida sufriente! ¡Fuera, por tanto, con todo pesimismo, viva el optimismo! ¡Viva la victoriosidad! Está claro que no hay resurrección sin muerte, y en la medida en que pendamos de la cruz debemos experimentar al mismo tiempo la alegría. El se esconde detrás de mi cruz ¿Qué quiere? Quiere ser buscado. Debo ponerme en sus manos, en El y con El. Hay un esplendor de la cruz y un esplendor de la gloria…

Se trata de unir la participación en la vida sufriente del Salvador con la participación en la vida gloriosa del Salvador. Ver, conocer y reconocer lo positivo del cristianismo, lo jubiloso y alegre, pero sin olvidar nunca que todo sucede por el amor al esplendor de la cruz ¡Esplendor de la cruz en el sufrimiento de Cristo, esplendor de la cruz en mi propia vida y en mi propio sufrimiento!